Por Constanza Paredes.

Cuando se habla de bandas que han generado un remezón en la escena musical internacional en los últimos 15 años, perfectamente se puede mencionar a Arctic Monkeys, que surgieron como un exponente de la música indie-alternativa y que costó catalogar de cierto modo, pues mezclaron un gran espectro musical en sus composiciones que han ido variando a lo largo de su historia como una especie de evolución musical. Ya son un referente y una banda que con su experiencia ha logrado estar presente en grandes escenarios y que ahora los trae a la versión 2019 de Lollapalooza, después de 5 años desde su último concierto en nuestro país. Su lanzamientos más reciente se titula Tranquility Base Hotel y Casino, un disco que revela un lado más tranquilo y un poco sensual en los brotes de sus sonidos, pero con letras delirantes en algunas de sus canciones que tocan tópicos del mundo del espectáculo, las noches estrelladas y la fama que muchos persiguen en diferentes áreas de la sociedad. Lo vibrante de la banda es que ha sabido mantenerse vigente pese a su receso en el 2014 lo que genera que esta visita sea una de las más esperadas del año y del nuevo certamen de este festival que cada vez abarca más bandas, tanto nuevas como emergentes.

Arctic Monkeys comenzó su historia a principios del nuevo milenio, pero su primer disco salió a la luz unos años después, 2006 para ser exactos, titulado Whatever people say i am, that´s what i´m not, fue un LP que se convirtió en un excelente trabajo, siendo galardonado como el disco del año por la revista Time, pero ya habían tenido una experiencia previa con el lanzamiento de un EP titulado Five minutes whit Arctic Monkeys que les permitió conseguir un contrato discográfico generando su posicionamiento de manera definitiva en la escena musical del Reino Unido. Sus primeros sonidos son fuertes, rápidos y enérgicos, una especie de evolución del Grunge, pasando del estado depresivo de los sonidos de los noventas, a una energía más ligada a la felicidad y a la promesa de lo que traería el nuevo milenio. Fue una época de innovación, pues previo a esta explosión de lo que se denominó música indie el pop acaparaba casi por completo la música mundial, pero los monos árticos supieron cómo jugar con las nuevas posibilidades que entregaba la tecnología de esos años, por lo que My Space fue una de las plataformas preferidas de las bandas de la misma índole y que significó para ellos un reconocimiento que trascendía los escenarios locales donde estaban comenzado a presentarse.

Sus trabajos posteriores trajeron grandes éxitos, el disco Favourite worst nightmare dejó canciones pegajosas como “Teddy Picker”, “Old yellow bricks” y una de las regalonas de sus fanáticos: “Fluorescent adolescent”; su sonido ya era seguro y definido, esa demarcación entre cada instrumento permitiendo reconocer cada matiz, pese a la avasalladora guitarra, pluralizó el sello de la banda. La voz de Alex Turner, además, permite una gran variedad de posibilidades, suave pero estruendosamente aguda también, lo que hace que las canciones de sus inicios suelan tener comienzos relativamente suaves y con finales que parecieran ser gritos de una mente compositora que dejaba la invitación en el oyente a descubrir qué más decían los sonidos y ritmos de las canciones.

Pasaron un par de años para la entrega de su tercer LP titulado Humbug, que dio paso a sonidos más tranquilos, cargados de bajo y con juegos de voces entre todos los miembros de la banda, pero sin dejar las líricas rápidas que ya se habían hecho representativas. El disco, desde un punto muy personal, no dejó tan saciados a los fans que venían acostumbrados a ese límite entre el Indie rock con toques de un punk inglés que tocaban las memorias de los años 70 en la música británica, sin embargo pudieron demostrar un manejo en la variedad de su sonido, dando estabilidad y gran trabajo a las mezclas, dejando entrar uno que otro ritmo similar al de sus otras producciones.

El look de la banda siempre fue un plus, algo que probablemente su fanaticada siguió y con la que se sentía representada constantemente y que también es símbolo de la trayectoria, pasando desde las clásicas poleras con jeans y pelo desordenado a un concepto que ha pasado por el rockabilly y que ha ido demarcando también la moda de este estilo musical, como si las canciones de sus producciones fueran las prendas de vestir dependiendo del ritmo que decidan usar. La época más contemporánea de la banda los muestra con una madurez que no solo trasciende a sus canciones, sino que también al aspecto en general de ellos, con el cabecilla de la banda luciendo una barba como demostración del paso a ser un hombre, pudiendo mostrar su experiencia en todo el sentido de la palabra y jugando también con la vanidad de lo que es el mundo de la música.

Sus producciones posteriores fueron Suck it and see, que muestra sonidos crudos y melódicos con una base abrazada al juego de los punteos de guitarra y el bajo con una gravedad agudizada de cuando en cuando; y AM, que le devolvió al oído de sus fans sonidos similares a los de sus comienzos, pero con una calma que permite transversalidad, con cierta acústica y lentitud que le entrega crecimiento a su calidad, tanto en sus composiciones como su puesta en escena, además fue el álbum previo a su descanso como banda, lo que dejó muy en alto las posibilidades y las ganas de más, pero que les permitió tomar una sabia decisión para dejar en el público la necesidad de esperarlos y con éxitos como el de “Do i wanna know?” que le entrega la responsabilidad completa al bajo y la batería, pero con un punteo reconocible en cualquier momento de la canción, además de que le dio un giro más audiovisual a su propuesta, moviéndose en lugares que no habían explorado del todo en sus trabajos anteriores; es el disco hasta el momento más exitoso a nivel comercial. La decisión del descanso llegó en un buen momento y con la oportunidad de refrescar todo lo que la banda ya había dejado en su década en los escenarios.

Cinco años eran demasiados para ser un descanso, fue así como en el primer semestre del año pasado lanzaron su último disco que los trae de gira por Latinoamérica y a Lollapalooza Chile llamado Tranquility base Hotel & Casino, una producción llena de sonidos traídos de los años 70, que deja ver destellos de bandas como Queen y The Beach Boys, como una especie de guiño a todo lo que se produjo en ese entonces, involucrando al órgano y el piano como base en sus composiciones y una sigilosa batería que no muestra lo estrepitosa que puede ser como en otras ocasiones, es un disco con mucho eco, resonancia que le da a la voz de Turner una pizca de cliché, y su look le agrega un toque de aspecto mafioso, como de serie policiaca de la década mencionada. El disco los dejó con nominaciones a los premios Mercury y Grammy, lo que habla muy bien de su trabajo como banda y de su retorno a las pistas musicales. El disco mezcla influencia tanto o más interesantes que el mundo de la música, haciendo referencia incluso al gran Charles Bukowski, determinando de manera muy obvia al mundo insertado en la rapidez, el comidillo de las redes sociales y de la absurda necesidad por figurar de alguna manera, definitivamente es la prueba tangible de la madurez compositora y creativa de Alex Turner.

Su presentación en Chile ha generado muchas expectativas desde que mencionaron nuestro país hace unos meses cuando dieron a conocer las fechas de su gira por América Latina, lo que nos pone en un lugar privilegiado, pues veremos el regreso en gloria y majestad de una de las bandas que ha hecho historia en estas primeras décadas del nuevo milenio y que además los trae liderando el cartel de uno de los festivales más importantes del mundo aterrizado en nuestro país. El domingo 31 es la cita con estos ingleses que generan ansiedad y que estarán en la última jornada, siendo como la guinda de la torta y que probablemente deje satisfechos a todos aquellos pacientes espectadores, volviendo a deleitar con su estilo tan particular.

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