Por Francisca Neira.

Ayer se dio inicio en el Parque O’Higgins a la octava versión del festival de música y cultura urbana, Lollapalooza Chile. Ya desde hace días el recinto estaba siendo preparado para lo que sería la primera vez en que la versión local de este certamen se realizara por tres días consecutivos, en vez de dos, lo que permitirá que el público pueda disfrutar de una mayor cantidad de números musicales y que los shows establecidos como “cabezas de cartel” puedan extender un poco sus presentaciones.

Esta primera jornada partió un poco después del medio día, horario en el que si bien había bastante público, comparándolo con la cantidad de gente que llegó durante la tarde y hasta la noche resultó ser muy poco aún. Una de las bandas en abrir los fuegos de este fin de semana fue Como Asesinar a Felipes, quienes durante 45 minutos y bajo un sol ardiente, propio del todavía presente verano, hicieron gala de su jazz hip hop y, además, contaron con un par de invitados de primera línea: Matías Chinaski que colaboró con su voz y lírica, Camilo Salinas hizo lo propio en el teclado y Billy Gould, el histórico bajista de Faith No More, que apoyó a los chilenos en las cuerdas para cerrar una presentación redonda, sólida y luego dirigirse al Lotus Stage para disfrutar, desde el costado del escenario, del show ofrecido por los también nacionales Cordillera.

Ángelo Pierattini y Carlos Cabezas, unidos en el proyecto musical Cordillera se presentaron en el más alejado escenario de todo el recinto que, pese a exigirnos caminar un trecho más largo, nos brindó la comodidad de ver el espectáculo sentados bajo la sombra de uno de los numerosos árboles que cobijaban al tablado. Los sonidos oscuros y de ritmos lentos propios de esta banda, ambientaron de manera excepcional el paisaje y la situación misma de estar compartiendo con otros en un entorno que, a ratos, no parecía citadino.

Un par de minutos antes, habíamos visto en el Acer Stage a algunos de los ex Bunkers reagrupados en Lanza Internacional, banda liderada por los hermanos Mauricio y Francisco Durán, quienes llegaron en reemplazo del frustrado show de Anita Dinamita y que, como era de esperarse después de su paso por la Cumbre del Rock Chileno + 2018, lograron hacer bailar a un público que coreó varias de sus canciones y los acompañó con las palmas cuando era apropiado como, por ejemplo, en “Corredor”.

Solo unos minutos antes de las tres de la tarde, cuando ya estábamos instalados frente al VTR Stage en espera de uno de los números más interesantes de la jornada, Ego Kill Talent, aparecieron en escena Charly Alberti, ex baterista de Soda Stereo y director general de Fundación R21; Federico Sánchez y Marcelo Comparini, conductores del programa de televisión City Tour, y Claudio Parra, tecladista de Los Jaivas para invitar a todos los presentes a “donar un árbol” y ser parte de la campaña de reforestación de la zona afectada el año pasado por los agresivos incendios forestales, lamentablemente conocidos por todos a través de los medios.

Con posterioridad a esta intervención, subieron al tablado los brasileños de Ego Kill Talent, banda que en el último año ha reclutado un número considerable de seguidores en nuestro país y que en esta ocasión estuvieron presentes para disfrutar de la banda y brindarles un apoyo, que fue compensado con una dosis de energía que dejó en evidencia el fiato de los integrantes y la comodidad que sienten sobre el escenario, lugar en el que se explayan sin problemas, cambian de instrumentos, interactúan con la audiencia y hacen lo que saben hacer: rockear.

A estas alturas el Parque O’Higgins comenzaba a aumentar su aforo, cada vez se hacía más difícil y lento caminar entre la gente y todo parecía sonar más fuerte que de costumbre. Al finalizar el show de los brasileños corrimos al Perry’s Stage, ubicado en el interior de Movistar Arena, lugar en el que se estaba presentando Shoot the Radio, dúo compuesto por Zeta Bosio y Fernando Montemurro, quienes tenían a la audiencia bailando con una puesta en escena construida a base de luces de colores e imágenes psicodélicas, que nos hicieron olvidar que afuera eran recién las 4 de la tarde.

De camino a escuchar a Volbeat desviamos nuestros pasos y pudimos ver a The Ganjas quienes, en el mismo escenario que Cordillera, presentaban su característico sonido ante un público que indistintamente los podría haber acompañado en una fecha cualquiera en algún bar capitalino como acá, en un festival masivo: el público fiel que levanta a una banda.

Pasadas las 5:30 pm, ya nos encontrábamos instalados en el Acer Stage listos y dispuestos para recibir de frente toda la potencia de los daneses de Volbeat, quienes subieron al estrado vestidos predominantemente de blanco y que, desde la primera canción, fueron la excusa para un mosh rápido y alegre, que levantó una nube de tierra que a nadie pareció incomodar, ya que todos siguieron cantando como si nada. Cuando comenzaron a tocar “Lola Montez” y notaron que el público coreó la letra a capella, Michael Poulsen, pensando que se encontraría con una audiencia más curiosa que fan, solo pudo dejar escapar un “How do you know this shit?” y tras una risa breve y compartida un “you know Volbeat! Thank you!” para seguir con el concierto entre vítores, cabeceos y el coro imparable de sus seguidores que, probablemente, fueron quienes más espacio ocuparon frente a dicho escenario a lo largo del día. Mención aparte el juego en que Poulsen parecía improvisar una canción en la que le preguntaba a los asistentes si es que les gustaba Elvis, Johnny Cash y Volbeat, luego tocar parte de “The Ring of Fire” y terminar con “Sad Man’s Tongue”. Sin duda, uno de los puntos más altos de esta primera jornada.

Casi a la misma hora, David Byrne se presentaba en el Itaú Stage, en el que expuso una performance acompañado de una especie de “banda móvil”, ya que ninguno de los músicos apoyó su instrumento en el suelo durante el concierto, sino que lo tuvieron sostenido con arneses en su propio cuerpo. Descalzos y con ternos grises, músicos, coristas, bailarines y el propio Byrne, hicieron gala de un espectáculo audiovisual experimental que a ratos instalaba la duda acerca de la certeza de lo que ocurría alrededor, por ejemplo cuando dejó de sonar por completo el audio, aunque los artistas seguían con la performance sobre el escenario y, segundos después, todo volvió a la normalidad. “Burning down the house” de su época con Talking Heads puso a todos a bailar antes de cerrar su participación en el festival.

Más tarde, ya cayendo la noche, los neoyorkinos LCD Soundsystem pusieron sus sintetizadores y teclados al servicio del rock (¿o sus guitarras y baterías al servicio de la electrónica?) en una mezcla un tanto violenta, un tanto hipnótica, un tanto bailable, que miles de personas disfrutaban desde todos los ángulos que el Itaú Stage permitía. Un algo desaliñado James Murphy comandó un equipo de músicos, que convirtieron los pastos del parque en una verdadera y enorme pista de baile que costaba abandonar. “I can change”, fue uno de los momentos más notables del show de los estadounidenses, principalmente por el coro de la audiencia que acompañó toda la canción.

Dos de las bandas más esperadas en esta versión de Lollapalooza Chile fue The National, quienes salieron puntualmente a escena a 19 horas, ante un público que los esperaba ansioso hace un rato ya, y Pearl Jam, agrupación que realizó un sideshow un par de días antes de esta jornada y que en esta ocasión estuvo en escena por algo más de dos horas. Todos los detalles de estas presentaciones los podrás encontrar en la notas que durante el día publicaremos en nuestro sitio, ya que todavía queda Lollapalooza Chile 2018 para un buen rato más.

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