Radiohead en Festival SUE 2018: No hay espacio para el azar

Radiohead en Festival SUE 2018: No hay espacio para el azar
Estadio Nacional, 11 de abril 2018.

Por Francisca Neira.
Fotografías por Francisco Aguilar A.

Todavía me cuesta decidir si comenzar esta reseña escribiendo “para coronar un gran festival” o “tras las presentaciones de unos increíbles teloneros”. El asunto es que anoche, en el Estadio Nacional y tras los contundentes shows de Föllakzoid, Junun y Flying Lotus, fuimos testigos del reencuentro, después de nueve años, de los británicos Radiohead con su fanaticada chilena.

A las nueve en punto, tal como había sido programado, subieron al escenario en medio de gritos y aplausos, los 6 músicos que dieron vida a uno de los mejores conciertos que se han presentado en suelos nacionales en lo que va corrido del año. Los primeros y melancólicos acordes de “Daydreaming” sonaron en un tablado aparentemente simple, sin muchos efectos, aunque de a poco las luces cambiarían para, en el abrupto término de la canción, poblar la tarima y las primeras filas del público con unos rayos blancos que simulaban estrellas, casi como dándonos la bienvenida a su propio universo, uno lejano de las vicisitudes cotidianas, del ruido mundanal.

Aunque parezca increíble, es cierto: Radiohead insta a su público (varios miles de personas que llenaron el Estadio Nacional) a mantenerse calmo, a no gritar, a escuchar en silencio, a formar parte del ritual que pareciera ser cada canción y todas ellas en su conjunto. La contraparte del inicio nos cayó encima de golpe con la electrónica potente, hipnótica y frenética de “Full Stop”, anunciando un diálogo que se mantendría a lo largo de la noche en el que interactuarían el indie rock más purista con los sonidos digitales que surgen más que al “tocar” instrumentos, al “perillear” botoneras.

Como si toda esa información y deleite sonoro no fuera suficiente, todo el concierto se volvió multimedial al crear una atmósfera realmente particular con los juegos de luces que cambiaban su tonalidad con cada canción: Las canciones más tristes sonaban azules, las más análogas y rockeras sonaban verdes, las más rabiosas sonaban rojas y anaranjadas. En medio de todo, la banda ubicada casi como si estuvieran en una sala de ensayo, compartiendo protagonismo, ocupando un espacio relativamente reducido justo en el centro del escenario, en el ojo del huracán. De fondo, una pantalla ovalada que difusamente proyectaba imágenes de lo que ocurría sobre las tablas, o mejor dicho, proyectaba los sentimientos que el lenguaje corporal de los músicos transmitía.

Tras “Myxomotosis”, canción en la que vimos el primero de muchos bailes del vocalista Thom Yorke, él mismo fue el encargado de saludar escuetamente con un “gracias a todos, buenas noches” que marcaría la tónica del concierto, en el que predominaron las interpretaciones musicales mientras que los diálogos con el público brillaron por su ausencia. Lo anterior no significa, en todo caso, que la banda no lograra generar una conexión con su público, ya que no fueron pocos los momentos en los que Yorke pidió silencio con un extendido “shhhhhhhh” o en los que hizo algún sonido extraño como respuesta a gritos que provenían del público. Ni hablar de las risas y carcajadas que teatralmente soltaba dejando a todos dudosos de si eran burlescas o más bien macabras. La verdad es que el buen humor de la banda en general y del vocalista, en particular, contrasta a ratos con lo melancólicas que resultan las canciones, tanto en letra como en melodías.

No es posible dejar de mencionar el momento en el que comenzó “Pyramid Song” y Jonny Greenwood puso su guitarra en forma vertical y la tocó con un arco como si fuera un cello, sacándole sonidos entre estridentes y espaciales, transportándonos ya definitivamente a una realidad paralela.

Ya llevábamos más de una hora en éxtasis escuchando y viendo un show de primer nivel, cuando tranquilamente y sin previo aviso, después de tocar “2 + 2 = 5” la banda abandonó por primera vez el escenario. Fue imposible no evaluar esta primera parte entonces y darnos cuenta de que hasta ahora el setlist había sido variado y dejaba en evidencia que no se había estructurado pensando en grandes éxitos ni en una organización por discos ni nada por el estilo. No en el discurso sino en el actuar, Radiohead estaba subvirtiendo las normas del mainstream y nos había ofrecido un listado de las canciones que realmente querían tocar, ordenadas para subirnos (voluntariamente) a una montaña rusa de sensaciones y emociones. No hubo nada al azar. Y el resultado fue maravilloso.

Pero esto aún no terminaba. La vuelta al escenario estuvo marcada por el coro multitudinario que acompañó a “Fake Plastic Trees” y nuevamente el sube y baja de ritmos e intensidades, para volver a dejar el escenario después de “Reckoner”. Al regresar “Paranoid Android” y “Karma Police” nos dejaron a todos con los pelos de punta, casi sin aire, casi sin sentir frío. Una noche para el recuerdo. Sigo sin saber cómo comenzar este texto, pero ahora sé cómo terminar: en silencio.

Setlist:
Daydreaming
Ful Stop
Airbag
Myxomatosis
Where I End And You Begin
All I Need
Pyramid Song
Everything In Its Right Place
Let Down
Street Spirit (Fade Out)
Bloom
Identikit
Weird Fishes/Arpeggi
The Numbers
2 + 2 = 5
Bodysnatchers
Idioteque

Encore 1:
Fake Plastic Trees
The Bends
Feral
Lotus Flower
Exit Music (For A Film)
Reckoner

Encore 2:
Nude
Paranoid Android
Karma Police

>>> REVISA NUESTRA RESEÑA FOTOGRÁFICA DE RADIOHEAD <<<

Radiohead en Festival SUE 2018: No hay espacio para el azar Estadio Nacional, 11 de abril 2018. Por Francisca Neira. Fotografías por Francisco Aguilar A. Todavía me cuesta decidir si comenzar esta reseña escribiendo “para coronar un gran festival” o “tras las presentaciones de unos increíbles teloneros”. El asunto es que anoche, en el Estadio Nacional y tras los contundentes shows de Föllakzoid, Junun y Flying Lotus, fuimos testigos del reencuentro, después de nueve años, de los británicos Radiohead con su fanaticada chilena. A las nueve en punto, tal como había sido programado, subieron al escenario en medio de gritos y aplausos, los 6 músicos que dieron vida a uno de los mejores conciertos que se han presentado en suelos nacionales en lo que va corrido del año. Los primeros y melancólicos acordes de “Daydreaming” sonaron en un tablado aparentemente simple, sin muchos efectos, aunque de a poco las luces cambiarían para, en el abrupto término de la canción, poblar la tarima y las primeras filas del público con unos rayos blancos que simulaban estrellas, casi como dándonos la bienvenida a su propio universo, uno lejano de las vicisitudes cotidianas, del ruido mundanal. Aunque parezca increíble, es cierto: Radiohead insta a su público (varios miles de personas que llenaron el Estadio Nacional) a mantenerse calmo, a no gritar, a escuchar en silencio, a formar parte del ritual que pareciera ser cada canción y todas ellas en su conjunto. La contraparte del inicio nos cayó encima de golpe con la electrónica potente, hipnótica y frenética de “Full Stop”, anunciando un diálogo que se mantendría a lo largo de la noche en el que interactuarían el indie rock más purista con los sonidos digitales que surgen más que al “tocar” instrumentos, al “perillear” botoneras. Como si toda esa información y deleite sonoro no fuera suficiente, todo el concierto se volvió multimedial al crear una atmósfera realmente particular con los juegos de luces que cambiaban su tonalidad con cada canción: Las canciones más tristes sonaban azules, las más análogas y rockeras sonaban verdes, las más rabiosas sonaban rojas y anaranjadas. En medio de todo, la banda ubicada casi como si estuvieran en una sala de ensayo, compartiendo protagonismo, ocupando un espacio relativamente reducido justo en el centro del escenario, en el ojo del huracán. De fondo, una pantalla ovalada que difusamente proyectaba imágenes de lo que ocurría sobre las tablas, o mejor dicho, proyectaba los sentimientos que el lenguaje corporal de los músicos transmitía. Tras “Myxomotosis”, canción en la que vimos el primero de muchos bailes del vocalista Thom Yorke, él mismo fue el encargado de saludar escuetamente con un “gracias a todos, buenas noches” que marcaría la tónica del concierto, en el que predominaron las interpretaciones musicales mientras que los diálogos con el público brillaron por su ausencia. Lo anterior no significa, en todo caso, que la banda no lograra generar una conexión con su público, ya que no fueron pocos los momentos en los que Yorke pidió silencio con un extendido…

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