Por Jean Broussaingaray.

El 26 de julio de 1965 se estrenaba en una discreta première en Des Moines, Iowa, lejos de todas las luces de Hollywood, una pequeña película. Una ópera prima realizada por el actor Charles Laughton que, sin mucha pretensión, se mostraba frente a un reducido público: “La Noche del Cazador”.

La película cuenta la historia de Harry Powell, un siniestro predicador interpretado por Robert Mitchum quien, luego de robar un auto, es sentenciado a treinta días de prisión. En la cárcel, comparte celda con Ben Harper, un padre de familia quien, tras cometer un robo de diez mil dólares, donde murieron dos personas, es sentenciado a muerte, pero antes de ser apresado por la policía esconde el dinero confiando el secreto del escondite sólo a sus dos pequeños niños. Durante el corto tiempo que comparten en la cárcel antes de la ejecución de Harper, Powell se entera de la existencia del dinero y con alguna idea de dónde podría estar hará todo lo posible por acercarse a la familia de Harper, dispuesto a todo con tal de hacerse del botín.

La cinta llegó en agosto de ese mismo año a Los Ángeles, donde no tuvo una buena recepción del público ni de la crítica lo que incluso hizo que Laughton jamás volviera a dirigir una película nuevamente. Por aquella época, se le catalogó como una película experimental que no cumplía con los cánones del mainstream hollywoodense de esos años. Sin embargo, a medida que el cine fue creciendo, empezó a ser cada vez más apreciada y, después de ser ignorada por años, comenzó a brillar y fue catalogada por gente como Martin Scorsese como una obra maestra del cine norteamericano. Y no podriamos estar más de acuerdo.

Está cargada de poder, de simbolismos, hace ver cualquier cinta de film noir como un juego de niños y además sin pretensiones ni grandes trucos, he ahí el gran plus de la película. Planos oscuros, de negros penetrantes y blancos amenazantes. Una lección de contrastes, donde un soberbio Robert Mitchum se pasea en su caballo o se instala frente a la casa de los Harper a cantar y acechar sin esconderse. Simplemente escalofriante, la piel de gallina es inevitable.

También es inteligente en capturar la ignorancia y la reverencia al culto de la América profunda, irónicamente muy bien retratada por un realizador británico. Es hasta onírica en ciertos pasajes, con tintes de expresionismo alemán y un sentido de la composición realmente notable.

Nota aparte para los personajes infantiles de John y Pearl Harper interpretados por Billy Chapin y Sally Jane Bruce. Su performance es realmente impactante. El acoso del protagonista hacia ellos es constante, hay pérdida, dolor y desesperanza, pero también un instinto de supervivencia a toda prueba. El amor, la protección el uno hacia el otro y la lealtad a su padre, fluyen por sus venas como el único combustible de salvación.

“La Noche del Cazador” cautiva sin descanso por la potencia de sus imágenes y la fuerza del relato. Un perverso cuento de hadas que hiela la sangre y que, a la vez, te hipnotiza con la belleza de sus planos y es aquí donde se puede confirmar que la capacidad creativa de Laughton es asombrosa. Tiene además un misterioso poder dentro de su cargada simbología que es capaz de trascender generaciones dándole diferentes lecturas. Esa atemporalidad es uno de sus grandes atributos.

No exageramos en afirmar que “La noche del Cazador” es una de las películas más inquietantes de la historia del cine. No nos gustaría llamarla una película de culto, ese manoseado término le queda chico a esta cinta, que es pequeña, pero que se hizo gigante y se transformó realmente en fundamental. Una obra maestra del buen Charles Laughton, el director de una sola película, el director que logró filmar el miedo.

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