Juana Molina en Club Amanda: La alquimia de las atmósferas sonoras disonantes
14 de junio 2018.

Por Manuela Beltrán.
Fotografías por Felipe Morales.

¿Qué clase de música hace Juana Molina? La gracia está en lo indescifrable y en su libertad. Está libre de estereotipos musicales, libre de cualquier orden o regla de consonancia armónica. Una expresividad mágica improvisada una vez en algún ritual de luna llena y registrada, seguramente, en casa. Juana Molina es como un pájaro, entra como una garza al escenario estirando lúdicamente las piernas para avanzar bailando hasta su guitarra eléctrica granate. Es también una niña que inventa y canta sus propios idiomas y sonidos. Juega, baila, silva como pajarito y distorsiona su voz con la ayuda de tecnologías musicales muy bien empleadas.

La acompaña el talentísimo Odín Schwartz, multi-instrumentalista que conjuga un bajo agudo con un sintetizador grave, gravísimo, que con un botón revienta el pecho en vibraciones profundas casi palpables. Todo controlado en un rincón entre una guitarra y varias maquinitas. Pablo González, por su parte, debutando en la banda con su batería, da una fuerza y ritmo que de todos los instrumentos parece ser el más “ordenado”, pero que también integra lo primitivo. Su percusión lleva además un cencerro y deja claro que todo sonido que vaya en una dirección lúdica es bienvenido.

Juana entra con un paso seguro, toma la guitarra y se encoge un poquito en un gesto para dar la partida. Comienza el concierto con las canciones “Cosoco”, “Cara de espejo”, “Estalacticas” y “Paraguaya”, un cuarteto de canciones del disco Halo del 2017. La mayor parte del concierto pasa lista por las canciones de este disco surrealista y, más hacia el final, Juana revisita sus composiciones de discos anteriores. Todas con sonidos, ruidos y letras como conjuros, creando atmósferas salidas de un sueño de David Lynch, de un ritual mapuche o de maldición de mitología griega. Su música es compleja como la naturaleza humana y sus verdades cotidianas, de relaciones interpersonales y lo que pasa con el destino cuando las mentes y sentimientos humanos se entrecruzan: “Y nunca más volverá, lo que alguna vez fue. Ahora me olvidarás. Ahora te olvidaré. Pero ya nunca será. Aunque queramos volver”, dice la letra de “Estalacticas”.

Luego canta “Lo decidí yo” y en ese 14 de junio en el Club Amanda la letra adquiere muchos más significados. Juana ya había mencionado un pañuelo verde, que a esas alturas estaba faltando en el escenario, para celebrar el día de fiesta latinoamericana por la aprobación de aborto legal en Argentina. Posteriormente canta la canción “Eras”, con su letra que reza “Come. Come quickly, come”, Juana no tiene ni un pelo de miedo de atreverse a ser un ente musical en cualquier idioma y con cualquier sonido. Después la canción “Un día”, con un idioma propio, con los ruidos y ritmos como de ritual indígena demora un poco en empezar y una chica en el público se adelanta a cantar. Lo hace con la misma entonación de machi en trance de la canción embazada y genera una partida falsa, tierna y absurda, que desconcierta a Juana pero que provoca risas en el público. Un bonito homenaje del afecto que generan sus canciones. Juana comienza y deja en loop la frase en inglés “day one” que es la base que dio el pie a mucho baile. Un sonido repetitivo para entrar en el trance de un ritual, para una construcción que va creciendo con guitarras, sintetizadores y percusiones. La canción sube hasta construir además un momentito dramático, un pequeño juego teatral: de un lado del escenario Juana mueve los brazos hacia un costado donde Odín toma un descanso de sus instrumentos y responde al gesto estirando sus brazos y moviendo sus manos, lanzando de vuelta la energía que entre los dos comparten, como una corriente humana que los acerca entre ellos y también hacia las maquinitas sonoras de Odín. Ahí, ambos moviendo las manos, como dos brujos conjurando un hechizo o cocinando un caldero cuya pócima se materializa en la fuerza sobre un botón que emitirá después un sonido que, como consecuencia, hechizará al público. Se demoran en oprimir el botón, dándole tiempo al sortilegio para que cuaje la magia, agachados delante de los paneles de control, Odín hace con sus dedos índices cachos de diablo en su cabeza. Alquimistas con tecnología, brujería del sonido, un juego de niños.

Juana se dirige al público para mencionar el impasse del repentino cambio de sala de concierto: “gracias, perdón por el cambio. I’m really sorry”. A estas alturas todo estaba perdonado, pero como un karma, como una profecía auto-cumplida, se cae el sonido en medio de la siguiente canción. La banda sigue, parece no importar mucho, pero el público es exigente y ya no es lo mismo. Cuando se termina la canción demandan la amplificación de vuelta, exigen tener sus cajas torácicas retumbando de nuevo con los bajos. Vuelve todo a la normalidad y Juana tiene un platillo de batería, le da duro durante la canción “Ay no se ofendan”. Sonidos como exorcismos prehispánicos con letras que hablan de personajes de la mitología griega que quieren ser seres humanos normales y mundanos. Ya más cerca del final del concierto una mujer del público grita “Aborto libre en Chile, viva el aborto legal en Argentina”. Odín aplaude bravo y Juana también se refiere al nuevo hito: “fue muy emocionante ver la plaza llena de mujeres, ¡daban ganas de salir a marchar! Vamos evolucionando, de a poquito, pero evolucionamos”.

La música indescifrable de Juana Molina encaja acorde a este mundo que se deconstruye y nos deja caer en un caos de la mejor manera. Desafía las estructuras y las estéticas predecibles y las construye disonantes, describiendo de una mejor manera las vibraciones cotidianas que nos rodean. Juana es una alquimista que le otorga emoción y sentimiento a lo que otros llaman despectivamente ruido. La naturaleza no es sólo sutil, también tiene tensión y disonancias y, dentro de eso, también se reconoce lo más primitivo, mágico y natural del ser humano. La artista y su banda lo captan con recursos musicales eléctricos y tecnológicos transformados en niños que juegan a ser animales, a ser brujas, bailando como aves, para elevarse en las atmósferas sonoras disonantes.

Una mención honorífica a Me llamo Sebastián que lo dio todo en el escenario, dejando una energía perfecta para dar paso a Juana Molina. La banda estuvo compuesta por cinco integrantes tocando en total dos guitarras, un bajo, muchas maquinitas y sintetizadores y una batería desarmada y repartida entre los integrantes del grupo. Este último instrumento era importante ya que le daba mucha fuerza y ritmo a las canciones. Partiendo con la canción “Adolescente” con su letras sin prejuicios sobre “juega cartas pokemón, sin culpa”, pasando también por canciones como “Baila como hombre” y “Niños Rosados”. Los temas de Me llamo Sebastián también están construidos bajo esa libertad y en la honestidad que otorga la música. Caso al final de la parte introductoria del concierto, el vocalista llama a la gente a hacer el gesto de adiós con la mano, grande y bien construido en el espacio y decirle adiós al cansancio y a esos momento donde nos vemos obligados a traicionar nuestros valores.

Setlist:
Cosoco
Cara de espejo
Estalacticas
Paraguaya
PY Punk
Lo decidí yo
Eras
Un día
Sin dones
Lentísimo
In the Lassa
Ay no se ofendan
Ferocísimo
Bicho auto

Encore:
Wed
Sin guía

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