Por Jorge Fernández.

El noir escandinavo ya no es una novedad para nadie. Desde hace rato se viene tocando la misma tecla. Parajes fríos en medio de países reconocidos a nivel mundial como seguros y tranquilos viviendo una ficción escabrosa, oscura y misérrima. El realismo está rotulado a fuego en las escenas y los crímenes parecen no tener solución certera en ningún momento. No es novedad, es cierto, pero cada una de las series que llegan a este lado del mapa, tienen fanáticos acérrimos que las disfrutan de principio a fin. La islandesa Case (2015) es una de ellas, serie que sigue vigente porque un lustro no es suficiente para desatornillar la ignominia de una sociedad fracturada.

Dentro de los países escandinavos, Islandia es uno de los lugares más pacíficos y tranquilos para habitar. Su escasa población hace que las cosas funcionen como una maquinita establecida y con muy pocos baches concretos. Y es precisamente esa la gracia que sacude a la audiencia, pues en medio de una aparente regularidad de vida, surge un supuesto suicidio adolescente que sirve como telón inicial para rasgar la cortina del misterio y dilucidar lo que se esconde tras bambalinas.

Abusos sexuales, drogas y prostitución de menores son los temas centrales que aborda la serie. Las cosas se ven oscuras en principio y conforme avanza no hay rastro de luz que parezca solucionar los crímenes. Cual bola de nieve en caída libre, se acumulan nuevas pistas aún peores que las que se inferían en principio y la oleada de pecados cometidos son parte de una marea alta que toma la forma de tsunami.

Los personajes son otro complemento perfecto. La complejidad de cada uno de ellos y el pasado oscuro que cargan sus espaldas no permite que se les tache de meros secundarios, sino que los roles se van confundiendo y el protagonismo salta de un lado a otro con gran naturalidad. Muertes en el camino, accidentes no tan fortuitos y un andar errático los hacen cada más humanos y menos estereotipados de lo que se nos tiene acostumbrados.

Por si fuera poco, no hay un solo gato ni un solo ratón. Los antagonistas se van sumando de manera jerárquica. Cada nuevo capítulo da cuenta de que en el crimen organizado hay marionetas comandadas por tipos superiores que esconden sus garras con guantes de seda fina. Los encargados de generar justicia, por su parte, no devienen únicamente de la fuerza policial establecida (más bien intentan evitarse problemas en su mayoría) sino de abogados, exabogados y otros seres más contemporáneos que, muchas veces, buscando destrabar el conflicto, lo embadurnan un poco más con la asquerosa crema de la incompetencia y del ser humano.

Case tiene una sola temporada y es suficiente. Los actores cumplen a cabalidad y el potente guion acompañado de una sólida dirección hacen que los capítulos te atrapen desde el comienzo y no te suelten en ningún momento. Gusta que sea en Islandia, un país pequeño y con buenos pergaminos donde se esconde un infierno grande con enlodados secretos que, tal vez, nunca se lleguen a limpiar completamente. Disponible en Netflix.

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