Por Jorge Fernández.

Sur de Chile. Hay sonidos que se mimetizan con el silencio, con la calma, con la tranquilidad. Una cascada, una bandada de pájaros, un aletear de aves. Todo acompasa la pesada carga de un recuerdo que se quiere borrar. Así comienza y así continua la opera prima de Gaspar Antillo, con una voz sin voz de un protagonista que no quiere serlo. O más bien, que no se le ha permitido.

El argumento parte desde la mirada excéntrica de un sujeto con una experiencia traumática que lo lleva a refugiarse a las orillas del paradisiaco Lago Llanquihue donde vive su tío, un ermitaño por naturaleza más que por imposición. Poco a poco, no se va develando nada que distorsione el exterior, pero si desenmaraña el interior de una personalidad que se envuelve en un hermetismo tal, que de ve en vez llega a convertirse en fobia social no diagnosticada.

“Soy una gacela” es la primera frase que se le oye decir a Memo y no hay nada más alejado de su realidad cercana, pues no encontramos rapidez que ensucie la cálida serenidad que recubre el argumento. Y eso gusta y atrae, porque los minutos pasan con su mirada ajena a la inmediatez alérgica que contamina a la sociedad. De hecho, es precisamente eso lo que hace que la película avance con viento a su favor. Aquí se rompen estereotipos y esquemas argumentativos recurrentes. La espera es eterna y el resultado también lo es. Hay poesía en el silencio y verdades certeras en las palabras, y es ese el juego que nos lleva a reflexionar profundamente.

Pero no nos pisemos la capa entre superhéroes. La belleza no nace de la nada. Detrás de un gran filme, hay trabajo colaborativo y aquí se juntaron talentos que ya se nos han vuelto habituales. Desde le guion de Josefina Fernández (Los Archivos del Cardenal y Prófugos), pasando por la música de Carlos Cabezas (Electrodomésticos) hasta llegar al Rey Midas de la producción nacional llamado simplemente Fábula, con un currículo que ya se quisiera cualquiera.

Los personajes son otra arista trascendental. Alejandro Goic y Luis Gnecco ya nos tienen acostumbrados a admirarlos con cada interpretación y, a ellos, se suman Gastón Pauls (Nueve Reinas) y Jorge García (Lost), protagonista pop de la historia, en su realidad y en su ficción. Con él se desembrolla otro estereotipo, pues, en su primer protagónico, nos muestra a ese sujeto de linaje nacional con el que nos jactamos cuando lo vemos “haciendo patria” en la meca del cine, pero ahora de vuelta en las tierras a las que, en parte, pertenece.

¿Sigamos rompiendo el molde? Jorge García nació en 1973. Su padre es chileno y su madre cubana. No hay exilio de por medio ni cuestión política que los determine. Fueron casualidades las que lo hicieron nacer en Nebraska, Estados Unidos. Lo que no es casualidad es que su personaje y su tío disfruten del basquetbol o que los arquetipos físicos se rompan con una voz perfecta.

La naturaleza como otra protagonista es el último bastión de esta producción. Los sentimientos se mimetizan en todo momento con el verdor del paisaje y la purificación en el agua. Sin embargo, a esto se le suma un componente esencial de realismo mágico, ese recurso tan bien logrado por la narrativa de García Márquez al describir hechos surreales en un mundo altamente cotidiano.

Ni el final ni la interpretación crucial de un micrófono salido quizás de dónde mancharán estas líneas. El goce estético del filme está en la sorpresa irreverente de las acciones, en los movimientos erráticos del protagonista y en la digestión empática de su tormento personal.

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