Por Jorge Fernández.

La película se llama Astronaut, pero como suele pasar en reiteradas ocasiones, los títulos sufren ciertas modificaciones cuando los traducen. Esta vez el nombre en español le hace mérito al argumento de la película: sensiblero, emocional y estereotipado.

Un viudo septuagenario intenta cumplir un sueño que parece imposible: ser astronauta. Para ello se postula a uno de los clásicos concursos del “billete dorado” en el que el premio es formar parte de la tripulación del primer viaje espacial comercial.

El anciano de nombre Agnus es interpretado por Richard Dreyfuss, ganador del Oscar a mejor actor por su interpretación en la película The Goodbye Girl (1978). A él se suman Krista Bridges y Lyriq Bent, entre otros. No hay ningún actor que resalte por sobre otro. La película es igual de pareja de principio a fin y los estereotipos son inquebrantables: el niño que sueña con ser astronauta, la joven pareja con problemas solucionables y la común costumbre de ver la tercera edad como un paradisiaco hogar de ancianos con sueños frustrados por mucho tiempo y que ahora, por gracia divina (acá representada en un cometa) se intentan alcanzar.

Si lo que se quiere es la lágrima rápida y experimentar la emocionalidad a borbotones esta es la película apropiada para ello. Tiene ese condimento agregado de tratar por todos los medios de que cada escena transcurra mediante modelos establecidos de sentimentalismo. El guion y la dirección estuvieron a cargo de Shelagh Mcleod y se nota su mano en ello, pues los parlamentos y el espacio visual tienen un único propósito establecido y eso quedará en evidencia en los rostros humedecidos de algunos y en los decepcionados de otros.

Un desastroso terreno con burros, comprados por su fallecida esposa, será el espacio apropiado para dejarse llevar a las tentaciones de las mentiras piadosas para lograr efectos gigantes. La meta parece más lejos que cerca, la verdad, pues en el rostro de Agnus se ve la decisión tras cada gesto. ¿Sabiduría senil? Tal vez. No es de extrañar que también haya un poco de aquello para moldear los efectos que deben producir en el espectador.

La película se ve de una sentada. Avanza tiernamente como lo pasos trastocados de su protagonista. No hay caídas abruptas, pero tampoco saltos elevados colosales. El cometa en el cielo acompaña toda la película y, por momentos se siente como si la cabeza quisiera despegarse de la cola y desaparecer de una buena vez. Sin embargo, permanece y es capaz de cumplir no solo un deseo sino varios, porque la cortina no se cierra definitivamente hasta que no haya sonrisas de satisfacción al darse cuenta que las pérdidas no son pérdidas completamente si miramos al cielo y en él vemos un recuerdo y una oportunidad.

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