6 de junio 2026.
Por Jaime Farfán.
Fotografías por Christian Espinoza.
Amelie Lens regresó con Aura a Espacio Riesco. Más segura que nunca, y con una presencia que es imposible de ignorar. Se sabe que la DJ belga tiene una relación especial con Chile. No es solo una frase bonita para la galería, de esas que los artistas suelen repetir en cada país antes de tomar el avión al siguiente destino. El año pasado eligió Santiago para debutar la primera versión de este show, en el mismo lugar, también ante un sold out. Y ahora volvió al mismo lugar para presentar una versión actualizada, más firme y mucho más a cargo de lo que quería hacer.
La mejora fue notable. Si la primera vez Aura ya funcionaba como declaración de intenciones, esta vez se sintió como una obra cohesiva, más expansiva y mejor calibrada. Amelie supo mantener el control de la pista sin abusar de los drops ni de los efectos fáciles. No necesitó estar sorprendiendo todo el tiempo. Fue construyendo tensión capa a capa, dejando espacios de respiro, para luego soltar oleadas más intensas con tracks prendidos entre medio de sus clásicos. Mucho acid, algo de psytrance e incluso algunos cortes de hard bounce mantuvieron los cuerpos en llamas y las piernas en movimiento durante las más de seis horas que duró el evento.
Las visuales mantenían parte del lenguaje de la versión anterior, pero esta vez estaban dispuestas en siete pantallas que rodeaban la mesa donde la DJ, concentradísima, no dejaba de soltar hits. También hubo un nutrido juego de láseres y luces LED, que fueron aumentando su intensidad a medida que subía el ritmo de la noche. Todo eso sumó una dimensión extra a la experiencia, sin empañar el foco principal: la música. Ese fue quizás uno de los grandes aciertos. La producción era grande, envolvente, claramente pensada para impactar, pero nunca se comió el set. No era un show visual con techno de fondo. Era Amelie Lens al mando, y todo lo demás giraba a su alrededor.
El frío tampoco pareció detener a las más de 10 mil personas que llegaron anoche a Espacio Riesco. Había outfits salvajes a pesar de las temperaturas: piel a la vista entre cuero, negro, tachas, alguna cosa brillante por ahí, muchos lentes de sol, como si el público entero hubiese decidido vestirse para resistir y desaparecer al mismo tiempo. Esa estética industrial, rave, hasta metálica, era el dress code silencioso pactado para la atmósfera de Aura. No era solo ir a ver a una DJ. Era formar parte de una escena, de una especie de ritual colectivo, aunque fuera por unas horas.
Y ahí aparece algo destacable. Uno entiende que los artistas, especialmente los más famosos, suelen mostrar un aprecio casi repentino por los lugares y países donde van a tocar. Pero en el caso de Amelie Lens es difícil creer que su cariño por Chile no sea genuino. Hay demasiados gestos como para leerlo solo como estrategia: la elección de Santiago para estrenar Aura el año pasado, el regreso con esta versión más ambiciosa, la postal con un misterioso mensaje a través de un código QR y una cautivante foto del show anterior. Incluso después, en Instagram, contó que había tocado todas las canciones de su próximo álbum debut, también llamado AURA, excepto una.
Ese detalle importa. Porque transforma a Santiago no solo en una fecha más dentro de una gira, sino en un lugar cómodo y conocido para probar esta nueva etapa artística. El álbum, anunciado para el 4 de septiembre, parece estar profundamente conectado con esta puesta en escena. Y Chile, de alguna manera, quedó metido dentro de ese proceso. Al final del show, después de seis horas de pie, rodeada de un océano de ruido, sudor y baile, Amelie desconectó su celular, recogió su pendrive, agarró una totebag y se la puso al hombro. Después de tanto estímulo parecía pequeña, casi fuera de escala frente a todo lo que acababa de pasar, pero atrapada en la emoción. Saludó a sus fans tal como cuando entró: humilde, absoluta y hermosa.
Ese contraste fue lo más bonito. La artista que durante horas controló una maquinaria gigantesca de sonido, luces, pantallas y miles de cuerpos, de pronto volvía a ser una persona recogiendo sus cosas al final de una jornada larguísima. Como si toda esa imagen enorme de diosa del rave se desarmara en un gesto cotidiano. Y quizás por eso el vínculo se siente real. Porque no hubo distancia fría de superstar. Hubo entrega, concentración y una forma muy clara de recibir de vuelta todo lo que el público le estaba dando.
El regreso de Aura también se inscribe dentro de la moda reciente de los “all night long”, esas jornadas maratónicas donde los artistas mezclan por varias horas y construyen una narrativa mucho más larga que la de un festival tradicional. Este año, esta era una de las fechas principales para muchos ravers, y se notaba en las caras de satisfacción de quienes salían tachando la experiencia de su lista. Cansados, congelados, felices. Como si hubieran sobrevivido a algo. Porque eso fue Aura. Una prueba de resistencia, sí, pero también una demostración muy clara de control. Amelie Lens no vino solo a repetir una fórmula que ya le había funcionado. Volvió para agrandarla, ajustar sus bordes y mostrar que su universo puede ser masivo sin perder filo, emocional sin volverse obvio y oscuro sin quedarse atrapado en la pura estética. Santiago se transformó en el lugar perfecto para darle rienda suelta a esta nueva versión del show. Entregó mucho amor y lo recibió todo de vuelta, sellando otra fecha inolvidable.

