Por Anely Bahamondes.
Casi tres décadas después de que Wes Craven redefiniera las reglas del terror en 1996, Ghostface regresa a la gran pantalla para recordarnos por qué nos enamoramos del género. En esta ocasión, bajo la dirección de Kevin Williamson y con un guion que respeta profundamente el ADN de la franquicia, la película se percibe como un reencuentro tan necesario como emocionante. Ver a Neve Campbell retomar el papel de Sidney Prescott es un auténtico regalo cinematográfico; tras treinta años intentando sepultar el horror de Woodsboro, Sidney ha construido una vida apacible junto a su esposo, el sheriff de la ciudad (Joel McHale), y sus tres hijas. Sin embargo, en este universo el pasado nunca descansa, especialmente cuando la sangre vuelve a llamar a la puerta.
La cinta arranca con una genialidad metatextual propia de la saga: una pareja de fanáticos de Stab que, en un giro cargado de ironía, se convierten en las primeras víctimas dentro de la casa museo de los asesinatos originales. Desde ese instante, la tensión es implacable. El asesino pone en su objetivo a Tatum (Isabel May), la hija mayor de Sidney, quien lidia con la sombra de una madre sobreprotectora y el peso de traumas heredados. Esta amenaza obliga a Sidney a unir fuerzas, una vez más, con la icónica Gale Weathers (Courteney Cox) para investigar una situación que parece no tener salida.
Para cualquier melómano, el retorno de Marco Beltrami en la banda sonora es un acierto rotundo. Sus composiciones recuperan esa atmósfera de inquietud que definió las primeras cuatro entregas, transportándonos de inmediato a la esencia sonora original. No obstante, el verdadero impacto para los fanáticos es la reaparición de Stu Macher. Matthew Lillard regresa para recordarnos que, en este universo, nadie muere realmente si la audiencia no es testigo de su último aliento; su sed de venganza contra los Prescott mantiene al espectador al borde del asiento durante todo el metraje.
En un giro contemporáneo, la cinta se atreve a integrar la Inteligencia Artificial como motor del misterio, utilizándola para traer de vuelta a figuras que creíamos perdidas, como la Sra. Loomis, Roman Bridger o el recordado oficial Dewey Riley. Aunque es un recurso arriesgado, funciona con éxito para envolvernos en una espiral de nostalgia constante. Esta misma fuerza del pasado permite que el dúo de Campbell y Cox sostenga la película con una solidez envidiable, mientras que Isabel May logra brillar con carisma propio como el relevo generacional.
En conclusión, Scream 7 demuestra que la fórmula sigue vigente gracias a un equilibrio preciso entre el slasher clásico y la actualización tecnológica. Aunque no logra superar a la original, se sostiene con una narrativa firme, violencia cruda y constantes homenajes al legado de Craven. Con esta entrega, Williamson cierra un ciclo magistral que une lo clásico con lo moderno, demostrando que la franquicia aún sabe jugar con las reglas y que nada supera el miedo real de una máscara que se niega a desaparecer.

