Rosalía llega al Movistar Arena: Entre lo sagrado y lo profano

Por María Jesús Aguilar.

Tres años sin sacar nueva música y, de repente, la artista aparecío corriendo por las calles de Madrid con una aureola pintada sobre su cabello, dándonos una pista de que venía algo distinto a lo que estábamos acostumbrados. Así comienza la era LUX de Rosalía, luego de su tour Motomami en 2022 la española vuelve a nuestro país con una propuesta que nos ha dejado expectantes por verla sobre el escenario.

Con canciones en más de diez idiomas, sonidos orquestales, influencias del techno y una visión profundamente espiritual de la realidad, la española marca un antes y un después en su carrera. A lo largo del tiempo, la hemos visto sorprendernos una y otra vez gracias a su enorme capacidad de transformación. Pensábamos haberlo visto todo con la experimental Motomami, pero esta nueva entrega musical demuestra que aquellas etapas fueron solo una antesala de todo lo que aún es capaz de ofrecer como artista.

En reiteradas ocasiones, la cantante nos ha hecho saber, mediante entrevistas, lo acostumbrados que estamos como consumidores a la rapidez y la inmediatez. En contraste con aquello, ella se despoja de esa lógica y responde a las críticas hacia la cantidad de tiempo que demoró en entregarnos una nueva pieza musical, justificando que, si bien le interesa poder convencer a su público, su principal objetivo es responder a las dudas que surgen en ella y explorar cada vez más sus distintas facetas como artista.

Debido a esto, nos vemos convencidos, como audiencia, de que estamos frente a la encarnación más clara del concepto de artista. Ella nos introduce a su mundo, pasamos de las motocicletas y el color rojo a una visión mucho más angelical, sumergiéndonos en una estética de misticismo monacal que fusiona lo sagrado y lo profano. La principal inspiración de esta era es la mujer como una figura sagrada. Vemos cómo Rosalía toma historias de santas provenientes de diversos lugares del mundo para construir el imaginario del álbum. Durante el proceso de escritura, leyó biografías de santas, y figuras como Teresa de Ávila donde sus escritos inspiraron a la artista a visualizar lo divino como experiencias que podrían ser plasmadas en un papel. Asimismo, la incapacidad que manifestó la artista para describir plenamente esta experiencia divina se convierte en un elemento central de inspiración, ya que pone en relieve a estas mujeres que presentan la divinidad como una experiencia cercana al ser humano.

Más que presentar la religión como un ideal que debe seguirse, Rosalía nos invita a reflexionar sobre la condición humana a través de lo espiritual. LUX no ofrece una respuesta definitiva sobre la existencia, por el contrario, plantea una búsqueda constante. En este sentido, las referencias religiosas funcionan como un puente hacia esa exploración, donde aparecen conceptos como la fe, el amor, el dolor y la necesidad permanente de encontrar un sentido a las cosas. El disco puede entenderse como una obra dividida en cuatro movimientos: El despertar espiritual, La metamorfosis, La crisis y La trascendencia. Canciones como “Reliquia” y “Porcelana” nos introducen en la etapa del despertar, donde emergen conceptos como la vulnerabilidad emocional y la fragilidad.

A través de versos como “Coge un trozo de mí, quédatelo pa’ cuando no esté, seré tu reliquia”, la cantante se sitúa en un estado de profunda vulnerabilidad, entregándose al otro desde un lugar de intimidad. Sin embargo, esta entrega no implica una pérdida de sí misma, por el contrario, conserva una alta valoración de su propia identidad, al concebirse como una reliquia, es decir, como un objeto de profundo valor simbólico y afectivo. De esta manera, la canción transforma el acto de amar en una forma de trascendencia.

A continuación, el disco da paso a la etapa de la metamorfosis, un concepto que Rosalía ha explorado a lo largo de toda su carrera. La primera muestra de esta transformación aparece en “Berghain”, una canción donde observamos un cambio profundo en su propuesta artística. Si bien la española siempre ha acostumbrado a su público a constantes giros musicales, en esta ocasión nos enfrenta a una transformación que no habíamos presenciado.

En sus versos, la cantante contrapone su imagen con la de un “terrón de azúcar”, una metáfora que la presenta como una materia frágil, dulce y efímera. A través de esta comparación, Rosalía expone una faceta vulnerable de sí misma, su dulzura existe, pero también está destinada a disolverse. Las etapas de crisis y trascendencia se desarrollan en canciones como “Sauvignon Blanc”, donde plantea un proceso de desprendimiento de lo material para acercarse a lo espiritual. A primera vista, podría interpretarse que esta búsqueda la conduce hacia una posición de superioridad, sin embargo, la artista propone una reflexión distinta. La verdadera trascendencia no se encuentra en la acumulación de lujos ni en la idealización del éxito, sino en el regreso a la sencillez y al valor de las experiencias cotidianas.

Ansiosos nos encontramos por vivir esta experiencia espiritual, y nos entusiasma presenciar el arte integral que nos entrega la intérprete. Sabemos que todos estos conceptos, desarrollados a lo largo de LUX, encontrarán su máxima expresión sobre el escenario, la puesta en escena y el ámbito musical dialogarán para dar vida al universo que Rosalía ha construido en esta nueva era.

Transitaremos por el flamenco, el pop, el techno y la música clásica, expandiendo nuestros horizontes con la llegada de LUX a Chile. Más que asistir a un concierto, seremos compañeros de viaje de la cantante en esta constante búsqueda por redescubrirnos y encontrarnos con ese plan divino que propone a lo largo del álbum.

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