15 de junio 2026.
Por Cristián Zúñiga.
Fotografías por Francisco Aguilar A.
Había expectación desde mucho antes de que se apagaran las luces. En los pasillos de Club Chocolate se hablaba de discos, de videos en vivo y de una visita que llevaba años esperando concretarse. El debut de Shame en Chile finalmente era una realidad, pero antes de que los ingleses aparecieran había una tarea importante: abrir la noche. Y Hesse Kassel no sólo la cumplió, sino que terminó entregando uno de los mejores argumentos posibles para llegar temprano. El sexteto chileno salió al escenario sin rodeos y desde el primer minuto dejó claro que no pensaba administrar energías. Su presentación fue precisa, intensa y prácticamente sin pausas, construida sobre una ejecución donde cada cambio parecía estar exactamente en el lugar correcto. Las canciones avanzaban una tras otra sin romper el impulso, generando una tensión constante que nunca necesitó apoyarse únicamente en el volumen para hacerse notar.
Había algo especialmente atractivo en la forma en que Hesse Kassel manejó el tiempo. No existían silencios innecesarios ni intentos por extender la comunicación con el público. Todo estaba puesto en la música. Mientras las guitarras se entrelazaban con naturalidad y la base rítmica mantenía el pulso con una seguridad absoluta, el grupo demostraba una madurez que pocas veces se ve en un show de apertura. Cuando abandonaron el escenario, la sensación era clara: no habían calentado el ambiente para otro artista, habían ofrecido un concierto completo.
El cambio de escenario fue rápido y el murmullo volvió a crecer. Bastó que las luces bajaran para que la ansiedad acumulada durante años se transformara en una ovación. Shame apareció sin mayores ceremonias. No había una gran escenografía ni una introducción diseñada para aumentar la expectativa. Las canciones eran el centro de todo. Charlie Steen tardó apenas unos segundos en apropiarse del espacio. Más que un vocalista tradicional, funciona como alguien incapaz de permanecer quieto frente a un micrófono. Recorre el escenario de un lado a otro, se acerca constantemente a las primeras filas, cambia gestos, improvisa movimientos y parece vivir cada línea con la misma intensidad con la que fue escrita. Sin embargo, nunca da la impresión de actuar para llamar la atención. Todo ocurre con una espontaneidad que termina siendo uno de los principales motores del espectáculo.
Detrás suyo, Charlie Forbes, Sean Coyle-Smith, Josh Finerty y Eddie Green sostienen una banda que entiende perfectamente el equilibrio entre precisión y desorden aparente. Ninguno busca sobresalir por encima del resto, pero todos encuentran momentos para destacar. Las guitarras construyen capas que pasan de lo cortante a lo melódico sin perder identidad, mientras el bajo y la batería mantienen una tensión permanente que hace imposible desconectarse de lo que está ocurriendo. Uno de los primeros grandes momentos llegó con “One Rizla”. La respuesta del público fue inmediata y el coro terminó convertido en una sola voz. Resulta llamativo cómo una canción que habla de inseguridades personales, de precariedad y de cierta incomodidad frente al mundo termina funcionando como un punto de encuentro para cientos de personas. Quizás esa contradicción explique buena parte del fenómeno de shame: escribir sobre la fragilidad sin perder el impulso de seguir adelante.
“Concrete” endureció todavía más el ambiente. Las primeras filas comenzaron a moverse con intensidad y rápidamente el resto de la sala acompañó esa energía. A diferencia de otros conciertos donde el contacto físico termina convirtiéndose en un ejercicio de competencia, aquí parecía existir un acuerdo tácito entre quienes estaban abajo del escenario. Empujones, saltos y brazos en alto convivían con una evidente sensación de compañerismo. Lo interesante es que shame no necesita mantener un ritmo frenético para sostener la atención. Cuando las canciones disminuyen la velocidad, la banda aprovecha esos espacios para construir expectativa antes de volver a tensionar el ambiente. Esa capacidad para administrar los tiempos evita que el concierto se vuelva predecible y permite apreciar cuánto ha evolucionado el grupo desde sus primeros trabajos.
En varios pasajes, Steen incluso parecía abandonar momentáneamente el protagonismo para observar a sus propios compañeros mientras desarrollaban secciones instrumentales que crecían lentamente. Esa confianza en la banda termina siendo una de las grandes fortalezas del proyecto. No existe la sensación de que todo dependa de un solo integrante, sino de un conjunto que ha aprendido a escucharse y a dejar espacio cuando corresponde. Club Chocolate también jugó un papel importante. La cercanía del recinto permitió que cada gesto llegara con claridad hasta las últimas filas. No había pantallas gigantes ni efectos destinados a amplificar la experiencia. Bastaba mirar el escenario para entender que la comunicación entre músicos y asistentes estaba ocurriendo en tiempo real, sin demasiados filtros.
Con el paso de las canciones fue quedando claro que Shame pertenece a esa categoría de bandas cuya verdadera dimensión aparece en vivo. Sus discos ofrecen una buena fotografía de sus ideas, pero sobre el escenario esas mismas composiciones adquieren una elasticidad distinta. Algunas se alargan, otras encuentran nuevos acentos y todas parecen respirar de una manera más libre que en estudio. El público respondió durante toda la noche con una entrega que pocas veces decayó. Cada pausa era aprovechada para aplaudir, gritar o simplemente recuperar el aire antes de que comenzara la siguiente canción. Había una sensación compartida de estar viviendo algo largamente esperado y de querer aprovechar cada minuto de esa primera visita.
La despedida fue tan sencilla como el resto del concierto. Un agradecimiento, algunos saludos y las luces encendiéndose lentamente mientras la banda abandonaba el escenario. Afuera, las conversaciones seguían girando en torno a los mismos temas: la intensidad de Hesse Kassel, la presencia inagotable de Charlie Steen y la solidez con la que Shame defendió un repertorio que encontró una nueva dimensión frente al público chileno. Si algo dejó la noche en claro es que la combinación entre ambas bandas funcionó de manera casi natural. La banda nacional aportó precisión, concentración y una ejecución impecable que sostuvo la primera parte de la jornada sin fisuras. Shame tomó esa base y la transformó en un concierto donde cada canción parecía encontrar una nueva forma de existir frente a una audiencia que respondió desde el primer momento.
Más que un debut exitoso, lo ocurrido en Club Chocolate dejó la impresión de un encuentro que debió haber sucedido hace mucho tiempo. No hubo necesidad de grandes artificios ni de momentos fabricados para emocionar. Bastó una banda local atravesando un excelente momento, un quinteto inglés convencido de sus propias canciones y un público dispuesto a entregarse por completo para construir una de esas noches que siguen apareciendo en la conversación incluso después de haber abandonado el recinto.
Setlist:
Axis of Evil
Concrete
Tasteless
Cowards Around
Nothing Better
Fingers of Steel
Six Pack
Alphabet
Quiet Life
Lampião
Born in Luton
Adderall
Water in the Well
Spartak
Snow Day
One Rizla
Cutthroat

