25 de julio 2026.
Por María Jesús Aguilar.
Fotografía por DG Medios.
Grandes expectativas, versatilidad, cambio y arte en su expresión más pura. Esas son las ideas que vienen a la mente en la espera de LUX en Chile. En su segunda jornada de presentación ya nos habíamos adelantado un poco a lo que podíamos esperar, pero decidimos dejar algo para la imaginación. Rosalía no nos presenta simplemente un concierto, sino que construye una experiencia imposible de igualar. El vanguardismo y el estilo que conocimos en Motomami no nos prepararon en absoluto para lo que vivimos anoche.
Desde el primer acto, con “Sexo, Violencia y Llantas”, comenzamos a recorrer junto a ella la historia que propone el espectáculo. La vemos emerger de una alta bóveda blanca mientras suenan las primeras notas orquestales. La cantante viste un tutú y un maillot de ballet, acompañados de unas zapatillas de punta. Hemos leído que, en el mundo del ballet, se necesita una preparación rigurosa antes de poder bailar sobre puntas. Rosalía toma ese elemento y nos demuestra la disciplina y el nivel de exigencia que hay detrás de la preparación de sus conciertos. Cada instante de este primer acto evidencia un trabajo minucioso, en el que la interpretación, la danza y la puesta en escena se unen para dejar al público completamente impactado.
Transitamos por “Reliquia” y “Porcelana”, donde seguimos inmersos en este primera parte marcada por la celestialidad. Aun así, los profundos bajos de “Porcelana” nos advierten que esa sensación de calma no permanecerá por mucho tiempo. Este primer tiempo nos traslada a un espacio que evoca lo religioso, no desde la cristiandad en sí misma, sino desde la experiencia de lo sublime. La belleza de lo que veíamos y escuchábamos era tal que, por momentos, parecía acercarnos a algo divino, como si la puesta en escena despertara una fe dentro de nosotros, los espectadores. Todo esto culmina en “Divinize”, donde las telas que envuelven el escenario nos conducen definitivamente hacia esa dimensión espiritual que ha marcado el recorrido hasta ahora. Llegamos al punto exacto tras “Mio Cristo piange diamanti”, momento en que se produce uno de los primeros gestos de cercanía de la cantante con el público chileno, a quien agradece el cálido recibimiento brindado.
Miramos al alrededor y nos damos cuenta del estado de asombro en el que nos encontrábamos todos. El impacto era tal que ni siquiera nos nacía la necesidad de acompañarla a coro. Por el contrario, el propio público se pedía silencio entre ellos, con el único propósito de escuchar la interpretación de la española. Se cierra el telón y, mediante entretenidas imitaciones de sus bailarines sobre el momento que acabamos de presenciar, se nos introduce al segundo acto. La oscuridad y la pasión se apoderan del Movistar Arena. Cuerdas violentas y coros operísticos anuncian la llegada de “Berghain”.
Una vez más, la intérprete demuestra su versatilidad, desplegando un trabajo impecable tanto en lo visual como en la danza y, qué decir, en lo vocal. La delicadeza etérea del primer acto da paso a una corporalidad más intensa, marcada por movimientos precisos y una puesta en escena que transmite fuerza, tensión y deseo. La transformación no solo ocurre en la música, sino también en el cuerpo de Rosalía, que abandona la pureza inicial para adentrarse en un universo mucho más terrenal. Esto nos lleva al pasado, volviendo a la era Motomami con “SAOKO”, “LA FAMA” y “LA COMBI VERSACE”. Lejos de sentirse como un paseo nostálgico por su discografía, estas canciones adquieren un nuevo significado dentro del espectáculo. La española desafiante y transgresora regresa para dialogar con la figura divina que vimos durante el primer acto. La sensualidad y la seguridad se adueñan del escenario, demostrando que esta era LUX no busca borrar aquello que muchos disfrutamos de ella en el pasado, sino integrarlo como parte de la evolución de su identidad artística.
El mismo público que, hasta hace unos minutos, se contenía para no interrumpir sus interpretaciones, ya no pudo más y la acompañó verso a verso, convirtiendo el Movistar Arena en un coro que celebraba el regreso de una de las etapas más icónicas de su carrera. Cerramos este segundo acto con una intensa rutina de baile al ritmo de “De madrugá”, lo que dejó al público en un alto punto de energía. Luego de una bella introducción de su banda orquestal, llegamos al tercero, presentado por “El Redentor”, pieza perteneciente a su primer álbum, Los Ángeles, para luego encantarnos con la interpretación del clásico “Can’t Take My Eyes Off You”.
Es aquí donde la escenografía vuelve a reforzar la idea de que estamos en presencia de una verdadera obra de arte. Gracias a una interesante propuesta escénica de la cantante, un grupo de fanáticos tiene la oportunidad de subir al escenario y contemplar el espectáculo desde cerca, como si estuvieran recorriendo una sala del Museo de Bellas Artes. Aprovechando la cercanía que ya había establecido con el público, la cantante pregunta si hay alguien que quiera confesarse. Nos quedamos en silencio, expectantes por conocer a la persona que subiría al escenario. Era chilena, escritora y, tal como la presenta Rosalía, toda una performer. Así recibimos a Romina Pistolas, la valiente que se somete al confesionario de la intérprete.
A través de su confesión, la ex stripper agradece a la española por su participación en la serie “Euphoria”, ya que, según explica, retrata parte de la realidad de ese oficio. Además, comparte la verdadera historia detrás de uno de los capítulos más reconocidos de su libro, “Carmen”. Tras escuchar su relato, Rosalía la compara con “La Perla”, pero en una nueva versión: una mujer que se muestra segura de sí misma, aunque siempre consciente de que es una perla de mucho cuidado. Luego de la honesta “La Perla”, llegamos a la romántica “Sauvignon Blanc”, dedicada a dos fanáticas que tuvieron la oportunidad de interactuar con la cantante durante el concierto gracias a los mensajes que llevaban en sus carteles. Una vez más, la europea demuestra la constante cercanía que mantiene con su público, y encanta a los asistentes tanto por su personalidad como por la sensibilidad de su interpretación.
El escenario se tiñe de dorado mientras resuenan las últimas notas de este romántico despliegue, dando paso al cierre del tercer acto con “La Yugular”. La cantante baja del escenario y se dirige hacia la orquesta, ubicada en el centro del Movistar Arena. Allí aprovecha la ocasión para cantar junto a sus fanáticos “Dios es un stalker”. Al llegar al centro del recinto, nos deleita con una enérgica interpretación de “La rumba del perdón” y “CUUUUuuuuuute”, llenando nuevamente el Arena de energía. Sin embargo, entre la euforia y los coros del público, comienza a instalarse la sensación de que esta experiencia estaba llegando a su fin.
Nos encontramos en el cuarto y último episodio. Bailamos y cantamos “Bizcochito” para luego seguir elevando la energía con “Despechá”, convirtiendo esta experiencia en una verdadera fiesta. Como broche final, la cantante nos deleita con “Magnolias”, una emotiva interpretación que nos deja el pecho inflado y la sensación de haber presenciado algo de una trascendencia difícil de describir. Al abandonar el recinto, sabemos la importancia que esta jornada mantendrá en nuestra memoria. Algunos nos quedamos con las ganas de repetir la experiencia, porque una sola noche parece insuficiente para analizar e interpretar cada detalle de su propuesta escénica. Rosalía se supera concierto tras concierto, y resulta imposible imaginar qué nos traerá en el futuro. Pero, hasta que ese momento llegue, la divinidad de LUX en el Movistar Arena permanecerá intacta en nuestra memoria.
Setlist
Obertura
Primer acto:
Sexo, violencia y llantas
Reliquia
Porcelana
Divinize
Mio Cristo piange diamanti
Segundo acto:
Berghain
SAOKO
LA FAMA
LA COMBI VERSACE
De madrugá
Tercer acto:
El redentor
Can’t Take My Eyes Off You (cover de Frankie Valli)
La perla
Sauvignon blanc
La yugular
Intermezzo
Dios es un stalker
La rumba del perdón
CUUUUuuuuuute
Cuarto acto:
BIZCOCHITO
DESPECHÁ
Focu ‘ranni
Magnolias

