22 de agosto 2026.
Por Ricardo Olivero.
Fotografías por Javier Martínez.
Hay discos que envejecen y otros que, simplemente, aprenden a envejecer con uno. Fantasy, el tercer álbum de Loquero, pertenece a esa segunda categoría. Veinticinco años después de su aparición, sus canciones siguen teniendo esa extraña capacidad de parecer pequeñas y enormes al mismo tiempo: duran poco, golpean rápido, pero dejan detrás una cantidad de preguntas que ningún pogo alcanza a resolver. La noche del sábado 22 de agosto, en el Teatro Ex Mundo Mágico, esas preguntas volvieron a hacerse canción.
La excusa era perfecta y, en realidad, no necesitaba demasiadas explicaciones: tocar Fantasy, o al menos buena parte de él, en vivo, frente a una audiencia chilena que hace rato convirtió a Loquero en una banda de culto. Pero la celebración terminó siendo algo más que una operación nostálgica. Porque si algo demostró el concierto es que el álbum no funciona como una reliquia de comienzos de siglo, sino como un disco todavía incómodo, emocional y, sobre todo, vivo.
Loquero siempre fue una anomalía dentro del punk. No porque haya renunciado a la rabia, sino porque entendió que esta también podía dirigirse hacia adentro. Mientras buena parte del género construía su identidad desde la denuncia, la calle, la política y el enfrentamiento con el poder, la banda de Mar del Plata encontró otro territorio: el de la introspección, el amor, el desamor, la angustia, el absurdo, el existencialismo y hasta la sátira. No se trataba de abandonar el punk ni la crítica social; de hecho, su primera entrega, Temor morboso a la exposición pública, tiene bastante de eso y ya los situaba como una banda distinta dentro del circuito. Su continuación, para algunos el mejor de sus trabajos, Club de solos, demostró que había más cosas de las que rebelarse que únicamente de una autoridad externa: utilizó el punk como un espejo difícil de mirar y, con los sonidos clásicos de los tres acordes, construyó una muralla musical más compleja que hacía de la banda —como ya hemos mencionado— un espécimen raro dentro de su especie.
Fantasy es probablemente el mejor ejemplo de esa mirada. «Atlántida», «Era un día perfecto», «Guárdame», «Isla», «Rusita», «Espábile», «Belleza», «Corazón mojado», «Desde aquí» y «Caballito de fuego» forman un catálogo de emociones comprimidas en canciones breves, muchas veces velocísimas, pero jamás simples. La economía del formato punk sirve aquí para algo distinto: decir mucho sin explicar demasiado. Loquero deja espacios en blanco y obliga al oyente a completarlos.
Y quizás ahí reside la razón de que el álbum haya resistido tan bien el paso del tiempo. Fantasy no pertenece completamente a una época. Tiene, sí, el olor de comienzos de los dos mil, pero sus obsesiones siguen siendo reconocibles. Hay personajes que no saben dónde están parados, vínculos que se rompen, deseos que se contradicen, momentos de felicidad sospechosa y esa sensación tan propia de Loquero de que la vida puede ser absurda incluso cuando uno está intentando tomársela muy en serio.
El álbum, además, nació en circunstancias casi tan improbables como las canciones que contiene. Nekro, figura central de Fun People y posteriormente Boom Boom Kid, tuvo un papel decisivo como productor artístico. La grabación terminó trasladándose a los estudios Panda, un lugar de enorme peso en la historia del rock argentino. Para una banda acostumbrada a la precariedad, aquello tenía algo de aventura. Fantasy fue, en ese sentido, una fantasía también fuera del estudio: entrar a un lugar donde se habían registrado discos enormes, intentar hacer el mejor álbum posible y hacerlo sin dejar de ser Loquero.
No es casualidad que Chary, el carismático vocalista de la banda, haya terminado señalando a Fantasy como el álbum que más quiere y, también, como el más escuchado y vendido de la historia de la agrupación. En un conjunto que jamás pareció demasiado preocupada por las reglas del éxito, que un disco termine siendo el más vendido de su catálogo tiene algo de ironía. El LP que hablaba de fantasías, quiebres emocionales y contradicciones terminó convirtiéndose en el gran punto de encuentro de una carrera que nunca necesitó de demasiadas concesiones.
Antes de que Loquero apareciera, la noche ya había dejado claro que el punk chileno no necesita mirar al pasado para justificar su existencia. Santa Rata, directamente desde La Pintana, abrió el fuego con ese punk rock al hueso que parece hecho para tocarse cerca del suelo, con la guitarra adelante y la batería empujando todo hacia el pogo. Hay en ellos una crudeza que remite inevitablemente a Flema: canciones directas, sin maquillaje, con esa mezcla de desprolijidad y precisión que solo funciona cuando una banda entiende que el punk no necesita pedir permiso.
Buenísimo resulto el cover de La Sonora Malecón, «Prisionero de la soledad», demostrando que el punk y la cumbia tienen mucho en común, así como «Holiday in La Pintana», que, con un arreglo musical increíble apoyado por armónicas y cambios de ritmo, remarcó la calle y la marginalidad del punk, haciendo crítica de la cotidianidad de los más desposeídos. Una excelente banda para comenzar la jornada.
Luego fue el turno de Reyerta, y el cambio de registro resultó especialmente significativo. De la mano de su nuevo EP, La era del capital, y de su último trabajo, Muere Leviatán, la banda se abre paso con voces femeninas, armónicas y un discurso abiertamente anarquista y militante. Recuperan así una tradición que muchos creían enterrada: aquella en que decirse libertario no era una pose de redes sociales ni una etiqueta electoral de derecha, sino una práctica cotidiana asociada a espacios autogestionados, ferias contraculturales, centros sociales, publicaciones independientes y una idea bastante más incómoda de la libertad.
Lo interesante es que Reyerta no intenta reconstruir artificialmente los finales de los noventa y comienzos de los dos mil; toma ese espíritu y lo trae al presente. Sus canciones hablan contra la cárcel, el Estado, el capital y las formas de autoridad desde una perspectiva explícitamente anarquista. En tiempos donde muchas palabras fueron vaciadas de contenido, escuchar a una banda que todavía las utiliza como herramientas y no como decoración tiene un valor político y musical evidente, todo acompañado, indudablemente, de un entretenido punk rock ejecutado a la perfección. Fue un show cargado de protesta y mensaje político, pero también de un punk rock armonioso y bien ejecutado que dio el toque perfecto para la jornada del sábado por la tarde/noche.
The Tatas, en cambio, funcionaron como el puente más natural hacia el plato fuerte. Su punk rock, construido desde la formación de power trio, riffs simples y pegajosos, y una mezcla de skate punk, garage y hardcore melódico de los noventa, encontró una afinidad inmediata con el público de Loquero. Temas como «La vida sobre ruedas» y «Después de las 6» tienen esa cualidad que hace que una banda parezca más grande en vivo que en una descripción: velocidad, melodía y ganas de tocar. Y cuando apareció «Microplástico», su mirada crítica hacia la contaminación recordó que el punk también puede hablar de problemas contemporáneos sin perder el golpe directo. Fue otra excelente banda nacional que desempeñó su repertorio con mucha energía y actitud, catapultando de manera perfecta la tríada local que antecedió al plato fuerte de la noche.
Cuando finalmente apareció Loquero, la sensación no fue la de estar frente a una banda que venía a reproducir un disco antiguo, sino más bien la de reencontrarse con una parte de la propia biografía. Hay grupos que uno escucha; otros, en cambio, terminan acompañando épocas. Para una parte del público presente, Fantasy no es solamente un álbum de 2001: es una habitación, una relación, un viaje, una amistad, una adolescencia, una rabia o una noche que ocurrió hace mucho tiempo y que, de pronto, vuelve a tener sonido. Loquero volvió a demostrar por qué conserva en Chile una de las fanaticadas más fieles y emotivas del punk argentino.
Y entonces llegó «Atlántida». No hacía falta explicar nada; el público ya sabía qué hacer. Las voces desde abajo terminaron mezclándose con la de Chary y, por unos minutos, la separación entre el escenario y la cancha dejó de existir. Es uno de esos momentos que explican por qué una banda puede sobrevivir durante décadas sin convertirse necesariamente en masiva. La masividad no siempre se mide en cantidad de personas: a veces se mide en cuánto recuerda una multitud cada palabra.
La banda entendió eso desde el primer minuto. «Muchachos» abrió una puerta emocional inmediata y, desde ahí, canciones como «Chocolate», «Era un día perfecto», «Guárdame», «Isla» y «Rusita» fueron apareciendo como fotografías movidas. «Espábile» tuvo ese efecto particular de transformar el pogo en una especie de coro colectivo, mientras que «La misión» mostró una vez más la capacidad de los trasandinos para construir canciones que parecen sencillas hasta que uno descubre todo lo que están cargando.
Pero hubo momentos en que la velocidad cedió terreno a algo mucho más íntimo. «Belleza» y «Corazón mojado» fueron puntos altos precisamente porque demostraron que la banda no necesita correr para ser punk. Hay una vulnerabilidad en esas canciones que, escuchadas un cuarto de siglo después, golpea incluso más fuerte que la distorsión. «Desde aquí», por su parte, adquirió una dimensión casi de despedida, como si la canción hubiese estado esperando todos estos años para ser cantada en ese lugar y frente a esa gente.
También hubo espacio para esa otra dimensión de Loquero que suele perderse cuando se habla de ellos únicamente como una banda punk argentina: su humor, su sentido del absurdo, la capacidad de reírse de sí mismos y de transformar una situación sentimental en una escena casi caricaturesca aparecieron durante el show. Loquero puede ser melancólico sin ser solemne y político sin convertirse en un panfleto; puede hablar de amor sin parecer una banda romántica, y de muerte, fracaso o soledad para, un minuto después, soltar una imagen ridícula. Esa contradicción es parte central de su identidad.
Por eso Fantasy sigue siendo una pieza tan singular. En una escena donde muchas veces se pensó que el punk debía elegir entre la rabia social y la introspección personal, Loquero entendió que ambas podían convivir, pero que también había espacio para algo más: la fantasía, la sátira, el deseo, la fragilidad, el ridículo y la contradicción. El resultado fue una banda difícil de clasificar, incluso dentro de un género que siempre se enorgulleció de romper categorías.

Al final, lo más emocionante de la noche no fue comprobar que Fantasy sigue sonando bien —eso ya estaba garantizado—, sino comprobar que sus canciones siguen significando algo para alguien. En el Teatro Ex Mundo Mágico había gente que conoció el disco cuando salió y también jóvenes que probablemente llegaron a él muchos años después. Entre ambos grupos no había una distancia generacional evidente: había canciones compartidas. Hubo espacio además para sus otros trabajos: sonaron «Ansiedad», «Punki», «Uki Uki» y «Spiritual Blondie», entre otras, mostrando una generosidad que nos brindó un show de punk emocional con más de una hora de duración, algo siempre agradecido e inusual para el género.

Loquero tiene en Chile una fanaticada fiel, pero sobre todo emotiva; una audiencia que no solo va a escuchar a una banda argentina que viene de visita, sino que reconoce en ella una parte de su propia historia. Quizás esa sea la verdadera medida de Fantasy después de 25 años. No cuántas copias vendió, aunque haya sido el disco más vendido de los argentinos; no cuántas reproducciones acumula, ni cuántas veces se ha tocado en vivo. La medida está en otra parte: en que, veinticinco años después, un puñado de canciones todavía consigue que cientos de personas griten juntas como si aquella primera vez no hubiera terminado. Fantasy fue una fantasía, sí. Pero algunas fantasías tienen la mala costumbre de sobrevivir a la realidad. La de Loquero es una de ellas y fue una total fiesta de los desplazados.

