Banda invitada: Chaos Magic
17 de octubre 2026.
Por Paulo Domic.
Fotografías por Francisco Aguilar A.
La inusual tregua climática sobre la capital parecía un capricho escenográfico. Tras semanas de tormentas y aluviones dictados por las anomalías del Súper Niño, Santiago respiró ayer bajo una tibia lucidez primaveral, un espejismo asomado justo antes del inminente retorno de la tempestad. En este paréntesis, la ciudad expuso sus fracturas culturales de forma simultánea. A escasos kilómetros, el Estadio Nacional fue devorado por el fervor masivo del fenómeno surcoreano BTS; un emblema innegable del consumo globalizado. Sin embargo, bajo el hermetismo del Santander Arena, se articuló un ritual de peso histórico e intensidad diametralmente opuesta.
En un recinto oscuro y alejado de las lógicas del pop de estadio, The Gathering tuvo un regreso monumental que anoche rompió sus propios paradigmas: se consolidó oficialmente como el concierto más masivo en toda la historia de la banda. Jamás los neerlandeses habían congregado a tantas almas en un solo lugar. Este hito, sumado a que Santiago concentra actualmente más del 10% de sus oyentes a nivel mundial, no es un hecho aislado. Responde al mismo patrón sociológico que ostenta Dream Theater, quienes también tienen en la capital chilena a su principal urbe de escuchas globales y el récord de su show más multitudinario. Una métrica apabullante que confirma lo que el circuito sabe hace décadas: en esta latitud, el metal de tintes progresivos y el movimiento gótico no son tendencias pasajeras, sino un refugio identitario que encontró en la melancolía europea una banda sonora definitiva.
Esta confluencia no es un accidente coyuntural. Es la manifestación de una simbiosis estética profunda entre la banda y la audiencia local. Chile se ha consolidado como un bastión absoluto para las vertientes atmosféricas del metal contemporáneo, un lugar donde el sonido denso y contemplativo de la agrupación cala hondo en el tejido sociocultural. El acto de apertura encomendado a Chaos Magic ofreció un vector de continuidad histórica. La propuesta liderada por la vocalista Caterina Nix junto al compositor y guitarrista Nasson, amparada bajo el sello italiano Frontiers Records, representó en el escenario la filiación directa con la herencia que Mandylion inauguró de manera rupturista en 1995. Aquel álbum seminal no solo reformuló las fronteras del metal gótico, sino que abrió a la fuerza un espacio de legitimidad para las voces femeninas en un género históricamente machista y cerrado. La presentación de operó como la constatación de que aquella puerta abierta hace tres décadas es hoy un ecosistema maduro y plenamente integrado en nuestra escena nacional. Su música sinfónica y melódica fue un complemento funcional al cartel, que fue acogido con respeto y algo de tibieza por parte del público presente. Treinta minutos de repaso por su discografía, que mostraron la seriedad con que la banda se tomó este desafío, de la misma forma en que enfrenta su trayectoria musical.
La oscuridad del Santander Arena no fue rasgada por el acople de una guitarra, sino por un manifiesto de arraigo insoslayable: la voz inmortal de Violeta Parra entonando “Gracias a la Vida”. No fue un recurso demagógico, sino una declaración de principios que cimentó la densidad emocional de la noche, antes de que los hermanos Rutten detonaran la cadencia instrumental de “Mandylion”. A partir de ahí, el arranque del concierto se configuró como un asalto ininterrumpido a la primera gran era de Anneke van Giersbergen frente a la banda. Cayeron, con el peso intacto de los años noventa, “Eléanor”, “Fear the Sea” e “In Motion #1”. La interpretación vocal de Anneke exhibió una madurez sobrecogedora; el registro juvenil de 1995 ha dado paso a una voz con un control y un cuerpo dramático que redimensiona estas composiciones, mientras que el público, rindiendo lealtad a sus años de espera, coreó cada estrofa con fervor religioso.
Un verdadero viaje temporal se materializó con la irrupción de “On Most Surfaces”. Para la audiencia mayor de 45 años, los primeros riffs de este clásico de Nighttime Birds no representaron un simple repaso discográfico, sino un gatillo directo a la memoria cultural. Su eco nos llevó de vuelta a los años 1997 y 1998, aquella fundamental era del “Rock y guitarras” en Radio Concierto donde la curatoría de Alfredo Lewin democratizó el metal europeo en la frecuencia modulada nacional. Escucharla anoche en vivo fue retroceder a esos días precisos en los que The Gathering dejó de ser un secreto subterráneo para convertirse en la banda sonora irrenunciable de una generación local.
El ecuador del setlist marcó el giro natural hacia la segunda gran encarnación de la banda. Aquella etapa post 1997 donde abandonaron la densidad del metal gótico para fundar lo que la crítica especializada bautizó como trip rock: una exploración de texturas atmosféricas, secuencias y rock alternativo puro. Podría suponerse que esta falta de distorsión apaciguaría a la audiencia, pero ocurrió exactamente lo contrario. Canciones como “Broken Glass”, “Waking Hour” o “Analog Park” fueron vibradas y cantadas con la misma devoción visceral que los cortes más pesados de su repertorio. Pero el verdadero punto de ebullición de esta fase llegó con “Liberty Bell”. Aquí, el fantasma de Radio Concierto volvió a colarse en el recinto, explicando por qué una canción de 1999 mantiene una vigencia tan absoluta. La cancha del Santander Arena se despojó de cualquier solemnidad gótica para transformarse en una fiesta total. Fue un momento de catarsis tan desbordante que la barrera de la objetividad periodística se volvió insostenible; una de esas instancias en la música en vivo donde resulta imperativo guardar la libreta, rendirse a la emoción genuina y saltar hasta dejarlo todo en la pista, cantando a pleno pulmón junto a miles de almas que experimentaron exactamente lo mismo.
El tramo final del concierto exigió el retorno ineludible a la densidad fundacional de Mandylion. Allí, entre los ecos del doom, emergió uno de los momentos más sobrecogedores de la jornada con “Sand and Mercury”. A petición de Anneke, la audiencia encendió las linternas de sus teléfonos, transformando la penumbra del Santander Arena en un firmamento estrellado. Apoyada apenas sobre unas guitarras atmosféricas, la vocalista quedó prácticamente a capella. Su ejecución fue de una perfección incuestionable; sin asomo de vacilación en ninguna nota, desplegó una expresividad tan genuina y madura que arrancó lágrimas indisimulables en los rostros de hombres y mujeres por igual.
Esa emoción desbordada permitía leer, además, el tejido demográfico del evento. Si bien la columna vertebral de la audiencia estaba compuesta por adultos —aquella generación de madres y padres góticos y metaleros que atesoran como reliquia el fervor de 2007 en el Teatro Caupolicán—, la notoria presencia de público sub-35 e incluso de adolescentes acompañados por sus progenitores evidenció un hermoso traspaso cultural. Esta transmisión de herencia se fundió con el innegable carácter de peregrinación que tuvo la cita: banderas de Perú y Argentina asomaron en la cancha levantadas por fanáticos forzados a cruzar fronteras ante la exclusividad sudamericana del show, uniéndose a cientos de chilenos que volaron o cruzaron el país en bus desde Antofagasta, Vicuña, Concepción o Puerto Montt. Un éxodo que confirmó que este reencuentro no fue el preámbulo de una nueva era juntos, sino un espejismo glorioso; una noche irrepetible donde la historia de The Gathering alcanzó su cumbre definitiva, irónicamente, en el fin del mundo.
El epílogo de la jornada estuvo reservado para un encore que no escatimó en intensidad emocional. La interpretación de “Travel” fue un ejercicio de catarsis colectiva; una epopeya sónica cuyo clímax erizó la piel y humedeció los ojos de un recinto rendido. A este viaje de introspección le siguieron la sorpresiva “Third Chance”, una gema rescatada del letargo que no sonaba en vivo desde 2007, y el cierre final con “Saturnine”. La despedida sobre el escenario fue genuinamente conmovedora: el sexteto abrazado frente a la audiencia más multitudinaria de toda su carrera, devolvieron con reverencias el amor apabullante que esta tierra les profesa.
Ser testigo de este hito fue presenciar un pedazo vivo de la historia del rock y el metal. The Gathering no solo pavimentó el camino para un subgénero, sino que forzó la puerta para la legitimidad femenina en la música pesada, teniendo en Anneke van Giersbergen a su deidad absoluta. Hoy la escena rebosa de vocalistas formidables, desde los impresionantes rangos operísticos hasta la brutalidad gutural de Tatiana Shmailyuk en Jinjer. Sin embargo, Anneke reclama el trono sin necesidad de recurrir a estridencias. Le basta una presencia escénica mágica, una dulzura inigualable y una voz limpia y anatómicamente perfecta para ofrecer una interpretación que te atraviesa el alma.
Pero toda celebración trae consigo la resaca de la realidad, y la reflexión final deja un sabor inevitablemente agridulce. No existen certezas de que esta unión tenga continuidad a corto plazo. La desprolija salida de Silje Wergeland —quien debió haber compartido este escenario de aniversario en lugar de marcharse tras años de cargar con el peso de unos zapatos imposibles de llenar— deja a la banda en una encrucijada vital. El escenario actual del metal sinfónico y atmosférico europeo es implacable. Así como la partida de Floor Jansen de Nightwish parece condenar a la institución finlandesa a languidecer bajo la ceguera y el ego de Tuomas Holopainen —quien perfila el síndrome de Ritchie Blackmore de imponer a su esposa en el micrófono—, The Gathering enfrenta su propio precipicio. Necesitan dar un golpe monumental al mercado para no diluirse en la irrelevancia tras esta gira. Estando las piezas sobre la mesa, ¿se atreverá la propia Floor, compartiendo patria y linaje, a tomar el desafío? Es pura especulación, pero evidencia una verdad insoslayable: ni la agrupación por su cuenta, ni Anneke en su respetable carrera solista, han logrado invocar el nivel de magia y masividad que alcanzan cuando sus caminos se cruzan.
Setlist:
Gracias a la Vida (intro)
Mandylion
Eléanor
Fear the Sea
In Motion #1
On Most Surfaces
Broken Glass
Waking Hour
Probably Built in the Fifties
Liberty Bell (Primera vez tocada en vivo desde 2007)
Analog Park
In Motion #2
Leaves
Sand and Mercury
Strange Machines
Travel
Third Chance
Saturnine

