13 de febrero 2026.
Por Jaime Farfán.
Fotografías por Luis Marchant.
Diez años habían pasado desde la última presentación de The Chemical Brothers en Chile, y esa ausencia agrandó la expectativa hasta volverla casi una necesidad física; la pausa más larga entre los hijos de Manchester y sus fanáticos chilenos hasta el momento. Una década en la que pasó de todo y en la que también cambiaron las formas de salir, de viajar y de vivir la música, pero sin que se perdieran las ganas primitivas de juntarse, sudar y bailar hasta que se apague la cabeza.
“Ahora nos resulta difícil hacer giras por Sudamérica por el COVID, con lo caro que está todo”, comentaron en la previa ante la expectativa de lo que sería un DJ set. Un cambio en el formato: guardados quedaron los teclados, los robots mecanizados y esas grandes pantallas con visuales oníricas que te dejan marcando ocupado. Ed Simons y Tom Rowlands volvieron a la cabina y, con tan solo unas CDJs, levantaron una rave hecha y derecha anoche en Espacio Riesco, en un despliegue de dos horas y media que mezcló clásicos infaltables con joyitas elegidas con cariño. No fue “menos Chemical”; fue otra manera de serlo: más directa, más club, más muscular.
Los encargados de calentar los motores fueron los destacados músicos locales Franko y Stephanie, quienes conforman el dúo Love00. Con un proyecto de varios años de trayectoria, abrazaron ritmos tribales y sintetizadores etéreos apoyados en bombos gruesos y retumbantes. Levantaron un set inmersivo, un viaje de melodías hipnóticas que se arremolinaban como humo con descargas profundas y bien medidas. Reafirmaron que lo suyo no es solo animar una fiesta; su misión es hacerte levantar los brazos al aire sin que te des cuenta en qué minuto pasó. La noche continuó con el subidón de energía de Aeróbica. La dupla de productores locales compuesta por Nico Castro y Pepo Fernández demostró que están lejos de ser neófitos y precedieron a “The Brothers” con tremenda habilidad, haciendo vibrar la pista con synths agresivos y trepidantes. Sonaron crudos, muy afines a los sonidos vintage del house ochentero y la electrónica italiana, pero también muy sensuales. Fue el tipo de set que engancha transversalmente a un público variopinto en edades y estilos.
Pero los que venían a sonar fuerte eran los Chemical, y lo hicieron desde el primer segundo. Con visuales más discretas de lo habitual, pero no por eso menos inmersivas, la pantalla desplegó un mensaje simple: “Hold Tight”. Y desde que sonaron los primeros beats de “Do It Again”, hubo que afirmarse para la tormenta sonora. Se habla mucho del dúo como pioneros del big beat y arquitectos de la música electrónica en vivo, y anoche se entendió por qué. Conocen el pulso de una pista y poseen una virtud escasa en artistas masivos: no necesitan apurarte ni recurrir a drops artificiosos. Te llevan, te sostienen y te sueltan justo cuando corresponde. Lo suyo no es una lista de éxitos; es una aventura con subidas, bajadas, amagues y una tensión que se acumula como si apretaran una tuerca.
En esa lógica, “Hey Boy Hey Girl” apareció como un golpe de autoridad. No hubo que explicarla: bastó el primer guiño rítmico para que la pista reaccionara por reflejo condicionado. Más adelante asomaron cortes como “Saturate” y “Reflexion”, que endurecieron el ambiente sin volverlo pesado, mientras que “Free Yourself” y “No Geography” recordaron que, incluso en modo cabina, los Chemical siguen pensando en grande con bajos que empujan y una claridad de mezcla que hace que el caos suene ordenado. Uno de los puntos más altos fue “Star Guitar”. No entró como una bomba, sino como se hacen las cosas bien: primero insinuada, escondida en motivos sonoros que se colaban entre temas. Cuando por fin se abrió completa, explotó en toda su amplitud con ecos de Bowie. Ahí el set mostró otra cara: menos puño en alto y más trance; ese momento en que miras al de al lado y te das cuenta de que todos están bailando, pero también flotando.
También hubo espacio para guiños raros y joyas ocultas. Se mandaron un mix de “The Salmon Dance” con el remix de Boys Noize de “Swoon” que cayó como una pieza filosa y moderna. En esa misma línea se sintieron los temas nuevos junto a AURORA, particularmente “Ring the Alarm”, que empuja la voz de la noruega a límites inesperados. No son relleno; son señales de que siguen forjando futuro. Finalmente, cuando parecía que lo habían dicho todo, cerraron con “Galvanize”. Icónica y emocional, convirtió a Espacio Riesco en un solo cuerpo saltando. Al salir, la sensación era dominante: qué buen pulso, qué bien armado. Pero también surge una certeza: que vuelvan pronto, pero con el formato completo. Con los robots, el delirio visual y ese show total que nadie ha logrado imitar. Porque si con unas CDJ dejaron la vara así de alta, la versión full ya no es un capricho; es una necesidad.
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