Pulp regresa a Chile: La importancia de las palabras que no importan tanto

Por Pablo Álvarez.

Cuando un quinceañero Jarvis Cocker decidió a fines de los 70 adular zalameramente las habilidades musicales de sus amigos de colegio, su objetivo era claro: convertirse en esa estrella de música popular que soñó desde que vio una película de los Beatles en su niñez. Sin embargo, al poco andar se dio cuenta de que aquello implicaba variables que no había contemplado, como por ejemplo, que alguien tenía que ponerle letra a la música para poder terminar las canciones.

Con el espíritu de ese leitmotiv que incluye en sus discos y repite en entrevistas de “no lean las letras mientras escuchan un álbum”, el joven Cocker se lanzó como autor de canciones, más por un afán de completar la tarea que por ser el mejor autor. Y si bien sus versos demoraron cerca de 15 años en comenzar a masificarse, su pluma no tardó demasiado en ajustar la puntería, sobre todo tras sus primeros coqueteos amorosos. El mismo Jarvis ha señalado que le empezó a agarrar el gusto a escribir letras cuando se dio cuenta de que las canciones de amor que escuchaba en la radio, no se parecían en nada a lo que él experimentaba. En esa búsqueda es que el flaco de la obrera ciudad de Sheffield comenzó a incluir detalles cotidianos para él, pero que fueron generando identificación y resonando mucho más allá de las fronteras de la ex metalúrgica que lo vio nacer.

Con una infinidad de cambios de integrantes y estilos musicales, Pulp pasó por sintetizadores, post-punk, electrónica, pop armónico, new-wave, intentos acústicos y un largo etcétera. Sin embargo, en todo ese camino, las fotografías personales pero a la vez universales que plasmaba Jarvis en sus letras fueron retratando a la sociedad inglesa con sus luchas de clases, sus inseguridades, las vicisitudes de la juventud británica con el conservadurismo social thatcherista y alguna que otra cualidad que resaltar. Coincidencia o no, la salida de la Dama de Hierro concordó con el cambio de década y también de dirección de este grupo de proletarios de izquierda que por más de una década se las habían rebuscado para lograr el éxito.

Ya con su formación más recordada con Russel Senior en guitarra y violín, Candida Doyle en teclados y coros, Nick Banks en batería y el ya fallecido Steve Mackey, Pulp se ganó los primeros halagos de la crítica con esa escapada nocturna por Sheffield con una novia infeliz llamada irónicamente “My Legendary Girlfriend”. Sin embargo las buenas críticas no fueron suficientes para que el álbum Separations tuviese buenos números de ventas. Ese privilegio estaba guardado para su siguiente y cuarto disco de estudio: His ‘n’ Hers de 1994. Justo cuando el britpop despegaba en busca de volar tan alto como fuese posible, Jarvis y sus secuaces ya llevaban más horas de vuelo que todo el resto y empezaban a ocupar el lugar que tanto buscaron.

Una de las virtudes naturales de Cocker es el desprejuicio en sus letras, al nivel que ni siquiera se detuvo en explicar algo, ni tomarse la molestia de levantar alguna bandera en particular. La sexualidad femenina y la ambigüedad sexual eran parte de su paisaje, tal y como lo eran la lucha de clases y los amoríos. El ingenio, la perspicacia y el melodrama realista en la autoría de Cocker se mantuvieron cuando por fin Pulp y el pop de masas se dieron un abrazo mutuo gracias al superventas Different Class. “Common People”, “Disco 2000”, “I Spy” o “Something Changed”, llevaron al LP a lo más alto de las listas británicas desnudando las farsas de la sociedad a la que le cantaban y a la que también pertenecían. En definitiva, terminó siendo el disco más britpop de esa Inglaterra de mediados de los 90, pero casi de forma casual… casi.

Y es que el sheffieldense siempre quiso el éxito, pero la fama no le sentó bien y el britpop simplemente era una etapa en las múltiples vidas de Pulp. Así, el This Is Hardcore de 1998 también se encumbraba en lo más alto de las listas pero de manera más fugaz y mucho más oscura que su predecesor. Justamente su canción homónima reflejaba la exploración del deseo y la decadencia del mundo del espectáculo, bajo un sombrío manto de erotismo porno y perverso.

Jarvis siempre cuenta su historia, y como es suya, sabe que puede jugar, maquillarla, prender una luz y luego apagarla. Es quizás por eso que decidió disfrazar sus obsesiones urbanas de siempre con una chapa verde naturalista en la portada de We Love Life (2001). Esta vez, los oriundos de Sheffield vienen a presentar su más reciente placa: More, su primer larga duración en 24 años. Un disco melancólico dedicado al fallecido bajista Steve Mackey, que muestra a la banda en una versión más reposada de la adultez. En vez de preocuparse por tener sexo, esta vez el frontman abraza el deseo como algo más que un simple deseo carnal. Siempre manteniendo el humor, pero con más amor y vulnerabilidad que ironía.

Con la narrativa siempre por delante en sus letras, pero por atrás del sonido en la canción, el líder de Pulp no pretende ser un poeta, aunque a ratos pueda parecerlo y serlo. Más bien su afán es ser un narrador en medio de la resonancia. Jarvis Cocker entiende que lo principal en una canción es la música y que la letra sí importa, pero no tanto… O al menos eso quiere hacernos creer.

null