Gustavo Santaolalla en el Teatro Municipal: Espacio para respirar

23 de agosto 2026.

Por Jaime Farfán
Fotografías por Francisco Aguilar A.

Hubo algo único en ver ayer a Gustavo Santaolalla en el Teatro Municipal de Santiago. Quizás era el aire de sabiduría que desprendía, el de un peregrino ya avanzado en un largo viaje. Uno de los músicos fundamentales de Latinoamérica, con una carrera que ha transitado sin problemas entre el rock, el folclor, el cine, los videojuegos, el minimalismo y la grandilocuencia, estaba sentado bajo la solemnidad de uno de los escenarios más históricos del país para rendir tributo a un instrumento pequeño. Porque de eso se trató, en buena parte, el Ronroco Tour: del pago de una vieja deuda y del recuento de las anécdotas del viaje.

La jornada del domingo 23 de agosto comenzó temprano con la presentación del chileno Angel Maulén, el joven cantautor encargado de abrir una noche ceremonial. Afuera hacía frío, adentro dominaban los murmullos, los terciopelos y esa expectativa algo contenida que impone el Municipal. Su voz sonaba sencilla, íntima, respaldada apenas por un piano firme, mientras evocaba imágenes poéticas con aires de pop rock en temas como su último sencillo, Tabú.

Pero antes de que Santaolalla tocara una sola nota ocurrió uno de los momentos más emotivos de la noche. Entre el público apareció Jorge González. Entró acompañado, sostenido mientras avanzaba lentamente por la alfombra. Primero vino un aplauso espontáneo. Después, mientras todos seguían con atención cada uno de sus pasos, levantó una mano en reconocimiento. —Gracias por todo, Jorge —gritó alguien desde alguna parte del teatro. La ovación volvió, ahora cerrada.

Fue imposible no emocionarse. Había algo de orgullo en la forma en que el público lo miraba, pero un orgullo contenido, casi respetuoso. González y Santaolalla se habían reencontrado además durante los días previos a esta presentación, agregando otra capa de historia a una visita en la que el argentino también realizó una masterclass dedicada a la música como identidad y puente cultural. Había demasiada historia contenida en el Teatro, una reunión no pactada de tres monumentos nacionales.

Pasadas las 20:30, finalmente se apagaron las luces. Primero sonó agua. Unas pocas gotas, tímidas y espaciadas. Después un flujo más firme. Lentamente comenzaron a revelarse las figuras de los músicos sobre el escenario hasta que apareció Santaolalla, entrando con cuidado y también acompañado. El público lo recibió con un aplauso largo.

A sus recién cumplidos 75 años, entre el pelo y la barba completamente blancos y esa voz suave con la que conversa más que declama, Santaolalla carga décadas de música sin necesidad de hacer demasiado para recordarlo. En el centro del escenario, iluminado casi hasta desaparecer dentro de un foco blanco, estaba rodeado de instrumentos. Y eran muchos. Ronrocos, charangos, guitarras, violín, viola, cello, percusiones, cuencos y pequeños instrumentos metálicos se distribuían alrededor de los cinco músicos como pequeñas estaciones sonoras. Más que una banda tradicional, por momentos parecía un taller de instrumentos listo para convocar todos los sonidos imaginables.

Los primeros sonidos fueron metálicos. Campanas, cuencos, golpes aislados. Cada nota tenía tiempo para aparecer, crecer y extinguirse antes de que llegara la siguiente. Así brilló una de las características más reconocibles de la música de Santaolalla: el silencio también tocaba. Las notas respiraban. Las cuerdas entraban lentamente y las texturas se iban acumulando sin apuro. Cuando finalmente apareció el ronroco, suavemente rasgado pero persistente, lo que inició como unas gotas comenzó a transformarse en riachuelo, después en río y finalmente en cascada.

Santaolalla había prometido algo distinto a lo que venía haciendo hasta ahora: un concierto completo metido dentro del mundo y del sonido del ronroco. El instrumento había llegado a sus manos casi por accidente. Santaolalla contó que desde joven tocaba charango y que alguna vez, entrando a una casa de música, se encontró con una versión de mayor tamaño. Lo probó y algo ocurrió. Desde entonces el ronroco nunca terminó de abandonarlo.

Durante una de sus primeras intervenciones con el público, Santaolalla habló del lugar de Chile en su vida. De Violeta Parra, Víctor Jara, del rock chileno y de su amistad con Jorge González. También contó con entusiasmo que recientemente había conseguido un guitarrón chileno de 25 cuerdas. No parecía un dato casual. Santaolalla lleva décadas haciendo algo parecido: recogiendo instrumentos, tradiciones y sonidos latinoamericanos para llevarlos después mucho más lejos.

Por momentos era posible imaginar otra geografía dentro del Municipal. Afuera estaba Santiago; sobre el escenario aparecían el viento, la desolación, la montaña y la pampa. Santaolalla y los cuatro músicos que lo acompañaban parecían pequeñas islas bajo una iluminación predominantemente azul, cada uno rodeado de instrumentos que iban entrando y saliendo de las composiciones. Había momentos de cuerda casi desnuda y otros donde aparecían gongs, cuencos y resonancias profundas. En uno de los pasajes más particulares de la primera mitad, el propio Santaolalla utilizó un canto de garganta grave y casi místico, sobre una serie de sonidos metálicos que rebotaban lentamente por el teatro.

Quizás por eso el concepto que mejor concentra el espíritu de la presentación no sea la nostalgia. Hay nostalgia, por supuesto. Es difícil no mirar atrás cuando un músico de 75 años repasa un instrumento que lo ha acompañado durante buena parte de su vida. Pero el concierto nunca se sintió como una despedida ni como un recorrido obligado por grandes éxitos. Se sintió más bien como una conversación íntima. Santaolalla incluso invitó al público a entenderla así: músicos y espectadores modificándose mutuamente durante la interpretación, prestando atención a aquello que aparece y también a lo que queda vacío.

En tiempos donde buena parte de la música parece llenar cada segundo disponible de nuestras vidas, Santaolalla recordó en el Teatro Municipal algo bastante más sencillo. A veces basta una cuerda. Una nota. Y dejarle suficiente espacio para respirar.