31 de octubre 2026.
Por Ricardo Olivero.
Fotografías por Francisco Aguilar A.
Lo vivido ayer en el Estadio Nacional es un premio a la incondicionalidad del público chileno hacia una banda que ha transformado en su propia religión. La celebración de los cincuenta años de Iron Maiden llegó al principal recinto del país con una fórmula que no requería mayores explicaciones: volver a los álbumes que forjaron su historia y ponerlos frente a una audiencia que conoce cada riff, cada coro y buena parte de sus detalles. La gira Run For Your Lives no venía a promocionar material nuevo ni a trazar un repaso indiscriminado de toda su discografía. Su recorrido, concentrado en los nueve primeros discos, tenía un propósito claro: recuperar la etapa que llevó a cinco músicos ingleses desde la escena de la New Wave of British Heavy Metal hasta los grandes escenarios del mundo. Porque anoche convivieron dos vertientes de la devoción por la Doncella de Hierro en el país: aquellos fanáticos subterráneos del furioso heavy metal, habituados a bares de mala muerte para respaldar a la escena local, junto a la «Familia Maiden», esa que traspasó sus gustos rockeros a sus hijos y asiste en comunidad al coliseo ñuñoíno. Entre todos conformaron una cofradía que quedó satisfecha tras una jornada cargadísima de clásicos y sorpresas, antesala perfecta para un doblete que congregará a un recinto totalmente abarrotado.
La noche del 31 de octubre ofreció, además, dos aperturas de perfiles muy disímiles. Antes del arribo de la Doncella, hubo metal chileno del que se interpreta sin pedir permiso. Los primeros en saltar a la tarima fueron los nacionales Nuclear, agrupación que porta sus raíces ariqueñas como emblema y que hace tiempo dejó de ser una promesa para erigirse como uno de los nombres más sólidos del thrash metal local. Su presentación fue potente, agresiva y directa al hueso. Si alguien aún iba ingresando, buscando su asiento o intentando sacudirse el cansancio, el impacto sónico lo despabiló de inmediato. La agrupación hizo lo suyo: guitarras afiladas, velocidad, una base rítmica demoledora y esa actitud templada en escenarios pequeños, giras y kilómetros de carretera.
El repertorio permitió reconocer la trayectoria que el cuarteto ha cimentado en producciones como Formula for Anarchy y Murder of Crows, sumadas al material reciente de Violent DNA, EP editado en 2024. En su propuesta conviven la crudeza del thrash clásico, la aspereza del death metal y una pulsión punk que rehúye cualquier pulcritud artificial. Sin mayores ceremonias, los temas avanzaron con oficio y una convicción palpable tanto en la ejecución como en el despliegue escénico. Resulta especialmente valioso que un conjunto chileno acceda a un espacio dentro de una producción de esta envergadura. No se trata de rellenar una cuota comunal ni de estampar un nombre criollo en el afiche para la foto; responde a la urgencia de que agrupaciones con años de trayectoria puedan exhibirse ante decenas de miles de personas, en igualdad de condiciones técnicas y con un sonido óptimo. Nuclear no precisó concesiones: defendió el escenario tocando. El cierre con «Apátrida» selló la faena. La respuesta desde la cancha decantó en un mosh desatado, postal inequívoca de que el metal chileno posee músculo, historia y convocatoria. Orgullo local ganado a pulso.
Posteriormente llegó el turno de Mammoth, el proyecto encabezado por Wolfgang Van Halen, hijo del legendario Eddie Van Halen. El grupo aterrizaba por primera vez en Sudamérica con un planteamiento distante del tono reinante: un rock alternativo de corte moderno, melodías espaciosas y un desempeño técnico de notable precisión. El audio fue impecable y el ensamble demostró una solvencia ajena al peso de su ilustre apellido. La disparidad sonora respecto a Iron Maiden y Nuclear resultaba manifiesta. Podía debatirse si constituía la elección más afín para inaugurar una cita de heavy metal tradicional, pero Mammoth equilibró esa brecha mediante una ejecución prolija y frente a una platea dispuesta, en su mayoría, a recibirlos con deferencia. Incluso se produjo un pasaje curioso cuando desde distintos sectores brotó el cántico «¡Chúpalo, Kast!». Los músicos, desconcertados ante el significado de la consigna, parecieron asumirlo como una ovación dirigida hacia ellos; una postal tan insólita como característica del público local.
Mammoth cumplió su cometido sin imposturas. Su propuesta exhibió categoría, fidelidad acústica y solidez interpretativa. Quizá no encarnaba el lenguaje sonoro que la multitud esperaba, mas distó de merecer indiferencia. La expectativa en torno a Maiden era abrumadora; no obstante, el conjunto de Wolfgang sostuvo la atención, proyectó profesionalismo y probablemente sumó nuevos adeptos a sus filas. Una presentación redonda.
A las nueve de la noche sonó «Doctor Doctor», de UFO, introducción entonada al unísono por la multitud antes del ingreso de los británicos, sucedida de inmediato por «The Ides of March», la pieza instrumental que abre Killers. Con ese preámbulo incendiario, las tablas quedaron dispuestas para que Iron Maiden irrumpiera con «Murders in the Rue Morgue». La determinación no admitía rodeos: un salto directo a los orígenes y a una de las composiciones que mejor sintetizan la urgencia de la era Paul Di’Anno. «Wrathchild» y «Killers» —esta última con la primera aparición del emblemático Eddie— preservaron el nervio callejero de la velada, justo antes de que «Phantom of the Opera» elevara la dimensión del espectáculo.
En el desarrollo del show no se recurrió a la pirotecnia fastuosa que suele coronar sus montajes. Sin embargo, el recital guardó un rasgo que suele extraviarse entre pantallas e iluminación: una textura orgánica. El grupo focalizó sus energías en las canciones, la interpretación y un listado que prescindió de artificios al sostenerse sobre auténticos himnos. En ese sentido, el tour cumple estrictamente lo prometido: colmar las expectativas de su base más tradicional.
«Phantom of the Opera», marcó uno de los hitos de la velada. Su desarrollo operístico brindó margen para que cada integrante exhibiera sus virtudes: Dave Murray desplegó su fraseo lírico y depurado; Adrian Smith aportó estructura, pulcritud y solos de profunda elocuencia musical; Janick Gers inyectó dinamismo, soltura y un ataque frontal a las seis cuerdas. Steve Harris blindó la base desde el bajo, dueño de ese pulso percutido y una estampa inconfundible. Bruce Dickinson asumió la voz con temple y dramatismo, secundado por Simon Dawson (baterista a cargo del puesto tras el retiro de Nicko McBrain), quien garantizó un soporte rítmico contundente. Un Maiden cohesionado que desarmó cualquier reparo sobre el paso de los años, exhibiendo una categoría superlativa que volvió a meterse al bolsillo a su fanaticada.
«The Number of the Beast» encendió las gradas, mientras que «Infinite Dreams» encarnó una de las mayores gratificaciones de la noche. Rescatada para esta gira tras décadas marginada del directo, la pieza adquirió un relieve particular: no opera únicamente como una rareza desempolvada, sino como una de las cumbres compositivas de Seventh Son of a Seventh Son, merced a su equilibrio entre melodía, pasajes atmosféricos y desarrollo progresivo. Reencontrarse con ella en Chile constituía un anhelo postergado por años.
El itinerario prosiguió con «Powerslave», «2 Minutes to Midnight» y «Rime of the Ancient Mariner», tres obras que dimensionan la versatilidad creativa de la agrupación. Posteriormente cayeron «Run to the Hills» y «Seventh Son of a Seventh Son», antesala de «The Trooper», donde Bruce flameó la bandera británica y luego la chilena. El gesto desató la euforia: el estadio cantando a garganta suelta y las guitarras gemelas de Murray y Smith resolviendo con maestría. Hubo espacio también para «Hallowed Be Thy Name» —marco en el que brotaron varias bengalas entre cancha y galería— e «Iron Maiden», cierre del tramo principal investido con la autoridad de un emblema histórico.
El bis, que no tardó en devolver a los músicos al tablado, arrancó entre ruidos de turbinas y ambientación bélica para desembocar en «Aces High», pasaje que acusó un breve desajuste rítmico. Aquel tropiezo menor no entorpeció el pulso del concierto; la banda corrigió el rumbo de inmediato y Dickinson remató la pieza evocando a los aviadores británicos que combatieron a la Alemania nazi (Bruce, fiel a su estilo, nunca se muerde la lengua). Con «Fear of the Dark», el recinto mutó nuevamente en un coro monumental: el tema que fusiona al sexteto con su audiencia canalizó una corriente de fervor absoluto, transitando de la melancolía al pogo desenfrenado en el punto más alto del encuentro. La clausura con «Wasted Years» resultó inmejorable. Se trata de una pieza memorable que madura con el tiempo: aborda la lejanía, la memoria y la urgencia de no hipotecar el presente añorando el pasado. Cuesta no reparar, al escucharla, en el contrasentido de aquella época en que a Iron Maiden se le prohibió tocar en Chile bajo acusaciones de satanismo; su lírica se halla en las antípodas del oscurantismo: es un manifiesto hondamente humano.
Previo a la despedida definitiva, Dickinson agradeció la asistencia y transmitió sus mejores augurios a la multitud, con una salvedad dirigida a los irresponsables que detonaron bengalas. La molestia del cantante fue patente y reiterada, dado el llamado expreso de la banda a prescindir de tales artefactos durante el tour. Aunque no hubo amagos de cancelación, la recriminación cayó de cajón; un episodio censurable pero que, a fin de cuentas, no empañó la presentación de la Doncella, foco excluyente de la noche.
La primera función de Iron Maiden en el Coliseo de Ñuñoa constituyó la reafirmación de un catálogo inmune al paso de los años y a los efectismos. Pese a ciertos desbalances sonoros y a un montaje despojado de excesos, la solidez del repertorio y el oficio del conjunto sostuvieron el espectáculo. Maiden cumplió su cometido: revisitar su génesis junto a una masa que domina cada acorde de su legado. A medio siglo de sus inicios, el vínculo con Chile permanece inalterable. Mientras los acordes de «Wasted Years» se extinguían, quedó la certeza de que ciertas canciones no envejecen: descubren nuevas razones para seguir vivas. Una jornada vibrante para inaugurar este doblete junto a una banda que juega de local.
Setlist:
Doctor Doctor (UFO) – Intro grabada
The Ides of March – Intro grabada
Murders in the Rue Morgue
Wrathchild
Killers
Phantom of the Opera
The Number of the Beast
Infinite Dreams
Powerslave
2 Minutes to Midnight
Rime of the Ancient Mariner
Run to the Hills
Seventh Son of a Seventh Son
The Trooper
Hallowed Be Thy Name
Iron Maiden
Aces High
Fear of the Dark
Wasted Years
Always Look on the Bright Side of Life (Monty Python) – Salida grabada

